jueves, 3 de abril de 2014

La rectificación bíblica de la mentira mitológica



LA RECTIFICACIÓN BÍBLICA DE LA MENTIRA MITOLÓGICA (1./10)
Lo que trato de conseguir es la reconciliación de unos valores que, a ojos de nuestros coetáneos, pasan por inconciliables: los de la explicación científica y los de la revelación religiosa. Pretendo demostrar que son los evangelios -cuando se leen como ellos mismos piden que se los lea- los primeros en sumar los valores de revelación y de explicación científica.
Se me reprocha desde hace mucho que juego a dos bandas, por decir que estoy al mismo tiempo de parte de la religión y de la ciencia. Se protesta a media voz por lo que hago, y luego se me felicita, también a media voz. La cobardía y la falta de nervio de nuestra época son de tan envergadura que nunca se acaba de decir nada claramente. Por mi parte, prefiero mil veces la algarada de los que no se cortan un pelo posicionándose abiertamente en contra, aunque no me entiendan, a la cortesía indiferente de todos los que se quedan imperturbables ante las más extravagantes barbaridades, o ante cosas que, se supone, habría que tener por tales, y se quedan así, no por dominar realmente la situación, sino porque carecen de la más mínima curiosidad intelectual. Porque el pensamiento, en realidad, no les interesa.
"Las objeciones radicalmente opuestas a mi teoría mimética se amparan en la premisa de que no puede ser tomada en serio dado que conduce a conclusiones favorables al cristianismo". Porque está meridianamente claro para "todos nosotros" que la ciencia contradice frontalmente a la religión en general y al cristianismo en particular. Y es igualmente de cajón que si un razonamiento cualquiera, por el motivo que sea, resulta favorable al cristianismo (aunque sólo sea un poco), no puede ser científico.
Suponiendo que toda religión arcaica se funda, efectivamente, sobre una violencia mimética que no llega a identificar como tal, entonces la Biblia y los Evangelios son, a un tiempo, lo mismo y otra cosa que la mitología. Aquí y allá, y en todas partes, se cometen los mismos crímenes, pero en lugar de considerarlos justificados, como se hace en el contexto mitológico, la Biblia y los Evangelios los tienen por injustos y criminales. En vez de considerar culpables a las víctimas, como pasa en los mitos, la Biblia y los Evangelios los declaran inocentes.
Mientras que los mitos antiguos no hacen sino repetir machaconamente las falacias de los que cometen los linchamientos, la Biblia y los Evangelios nos cuentan la verdad pura y simple de lo que pasa. Las mentiras de los mitos no son nada difíciles de detectar, así que uno se pregunta por qué no las detectan unas personas tan inteligentes como somos nosotros cuando queremos serlo.
Los cuatro relatos evangélicos de la crucifixión poseen, insisto, un valor científico, no sólo porque lo que cuentan es verdad sino  porque nos enseñan a descifrar el enigma irresuelto de la mitología. El auténtico descubrimiento que contiene mi obra es, según yo lo veo, la rectificación bíblica de la mentira mitológica.
(René Girard; Los Orígenes de la Cultura, Edit. Trotta)

LA RECTIFICACIÓN BÍBLICA DE LA MENTIRA MITOLÓGICA (2./10)
Vamos a empezar por el principio. Casi desde el inicio de la era cristiana, los observadores opuestos al cristianismo notaron -y además con razón- que la secuencia narrativa de los Evangelios se parece mucho a la de los mitos, y dicha secuencia no es otra que la estructura de la que tanto hemos hablado: una crisis mimética acaba desembocando -en el paroxismo de la violencia desencadenada- en el drama de una víctima única a la que se da muerte de forma colectivamente unánime.
Aunque inocente, Jesús es elegido como víctima por todos los que le rodean las autoridades religiosas las primeras, el gentío de Jerusalén, a continuación, y finalmente la autoridad romana. Los propios discípulos abandonan al maestro, algunos definitivamente como Judas, otros temporalmente, como es el caso de todos los que salen huyendo cuando Jesús es arrestado.
Jesús es víctima propiciatoria en el mismo sentido en que lo son todas; y es objeto de escándalo, dicen los Evangelios. Es verdad que no sufrió linchamiento físico, pero su drama posee fuertes resonancias colectivas, y antes de ser crucificado hubo algunas tentativas de lapidarle.
Desde el panfletario Celso, en la Antigüedad, los adversarios del cristianismo se han felicitado siempre por las similitudes indudables entre las historias mitológicas y el relato cristiano de la crucifixión. Piensan que bastan para demostrar la equivalencia entre los Evangelios y los mitos. Esta ansia de encontrar similitudes queda todavía más reforzada por la repugnancia de los cristianos a reconocer que efectivamente existen. En lugar de tener auténtica confianza en el cristianismo, y de tratar de dar con la explicación de lo que significan esas semejanzas, los cristianos modernos -hombres de poca fe- prefieren cambiar de conversación. Piensan, al igual que sus adversarios, que si las similitudes en cuestión son reales, el cristianismo debe ser lo que creen reconocer en él sus enemigos: "un mito de muerte y resurrección como cualquier otro".
(René Girard; Los Orígenes de la Cultura, Edit. Trotta)


LA RECTIFICACIÓN BÍBLICA DE LA MENTIRA MITOLÓGICA (3./10)
Pero se equivocan. Lo que les falta por ver es la diferencia de interpretación que se da entre dos relatos que cuentan con la  misma secuencia de acontecimientos. Las religiones arcaicas se basan en el mecanismo de la víctima propiciatoria, que son incapaces de criticar y hasta de identificar como tal. Sin embargo, la Biblia y los Evangelios identifican y critican dicho mecanismo. Y, siendo así que lo desacreditan, no pueden basarse en él.
En los mitos, los que ejecutan los linchamientos son los que siempre llevan razón, y la que ha hecho algo mal es la víctima. En la Biblia y los Evangelios, los que dan muerte no tienen razón en absoluto, y la víctima sí la tiene. El sentido común más elemental debería bastar para entender que, en este caso, la razón está del lado de la Biblia y de los Evangelios, que se limitan a negar su apoyo a un vulgar fenómeno de linchamiento llevado a cabo por turbas enfurecidas.
No es precisamente la fría razón la que guía a los linchadores, sino su sed de violencia. Lo que ocurre es que cuando las turbas asesinas refieren su linchamiento, lo transforman en un acto de justicia. ¿No es legítimo acaso rechazar una cosa semejante?
Hace alrededor de medio siglo, una mujer que se dedicaba a la crítica literaria y que era considerablemente perspicaz, Marie Delcourt, descubrió la verdad al darse cuenta de que Edipo era, en realidad, un chivo expiatorio. Pero, por desgracia, no supo defender su descubrimiento. Lo mismo que se hizo conmigo, también a ella se le negó la posibilidad de explicar una obra de la grandeza de Edipo por una idea que el texto contradice visiblemente. Pero ¿y por qué no podría hacerse? ¿A qué viene ese fetichismo literario? ¿Por qué hemos de prohibirnos a nosotros mismos hacer aquello que el autor trágico, enfrentado a todo el pueblo, no podía permitirse obviamente: cuestionar la verdad del mito? (René Girard; Los Orígenes de la Cultura, Edit. Trotta)

LA RECTIFICACIÓN BÍBLICA DE LA MENTIRA MITOLÓGICA (4./10)
¿Por qué considerar intocable el mito? ¿Por qué, en nuestro mundo moderno, nos esforzamos tanto por resacralizar los mitos, en nombre de la estética o de cualquier otra cosa? ¿Por qué habrían de gozar los mitos de la inmunidad que le negamos a nuestra religión? ¿En nombre de qué realidad absoluta se prohíbe a los críticos trabajar con la única hipótesis verdaderamente eficaz, con la única capaz de explicar todas las recurrencias y extravagancias lógicas que se encuentran en los mitos? ¿Por qué negarse a constatar que los contagios victimarios han deformado las referencias que nos han llegado de unas violencias colectivas que fueron cometidas sin que sus autores se enterasen siquiera de lo que estaban haciendo? Quienes se desgañitan cantando loas a la belleza de los mitos, y prefieren cerrar los ojos al cruel autoengaño de los linchadores, se hacen cómplices de las mismas violencias que no quieren denunciar.
Tener un chivo expiatorio implica no saber que se tiene. Y darse cuenta de que se tiene un chivo expiatorio es, de hecho, "caerse ya del guindo", quedarse literalmente estupefacto al comprender que se ha actuado criminalmente. Es llevar a cabo el descubrimiento de la participación propia en una violencia injusta. Y eso mismo es lo  que hizo Pedro después de haber negado tres veces a Cristo; y lo que hizo Pablo en el camino de Damasco. Pero la mayoría de los hombres son incapaces de reaccionar así, y por eso piensan los cristianos que la lucidez alcanzada en este terreno no puede ser puramente humana. Es el defensor sobrenatural de las víctimas el que las inspira, aquel al que Jesús llama el Paráclito, el Espíritu de Jesucristo y del Padre.
Es así ya en el Génesis, en la historia de José, que rehabilita al solitario héroe frente a sus hermanos; es decir, a la víctima única frente a quienes, por unanimidad, habían decretado su expulsión. Es así en los Salmos llamados de execración, que a menudo nos presentan a un desdichado indefenso, rodeado por vándalos que tienen la intención de darle muerte entre todos. Es así igualmente en el libro de Job, ese inmenso salmo. Es así también en lo tocante al Siervo Sufriente del que habla Isaías, al que mata la muchedumbre enloquecida.
(René Girard; Los Orígenes de la Cultura, Edit. Trotta)



LA RECTIFICACIÓN BÍBLICA DE LA MENTIRA MITOLÓGICA (5./10)
La verdad se abre camino en la Biblia, un poco por aquí, otro poco por allá, pero el más perfecto ejemplo, el más revelador, es la escena de la crucifixión, la única que representa, poniendo la una frente a la otra, en cuatro versiones distintas, las dos perspectivas rivales: de un lado, las turbas violentas que consideran culpable a la víctima, es decir, la vieja perspectiva mitológica que casi toda la gente acepta; y del otro -tremendamente frágil y, sin embargo, soberana-, la perspectiva evangélica: un grupo minúsculo de fieles proclamando la inocencia de Jesús.
Al revelar la inocencia de Jesús, los Evangelios revelan igualmente la inocencia de todas las víctimas similares que han sido condenadas por todas las violencias unánimes, por todos los linchamientos montados sobre mentiras, desde la fundación del mundo.
Fenómenos de "chivo expiatorio" se dan todavía en nuestros días, pero en formas que han sido sumamente atenuadas por un cristianismo que aún está muy presente en nuestra memoria. El mimetismo colectivo ya no llega a ser unánime; ya no consigue reconciliarnos y hacer que todos nos reunamos de nuevo. Hemos penetrado, pues, en un nuevo mundo, en un mundo en el que la gran mentira de la víctima propiciatoria única y los sacrificios consiguientes ya no reconcilian a las comunidades divididas. Éste es ciertamente el primer mundo que se ha liberado de la falacia de la víctima única, pero es también un mundo privado de protección sacrificial, el primer mundo amenazado permanentemente por la autodestrucción, un mundo que puede llamarse apocalíptico con entera propiedad.
Todo cuanto en los mitos nos deja inseguros, todo cuanto nos impide verlos como relatos fidedignos de acontecimientos o como piezas de ficción literaria análogas a las que se producen en el presente, todo eso se esclarece en cuanto se reconoce la repetición, y además por todas partes, de las mismas violencias unánimes suscitadas por el mismo mimetismo exasperado, que siempre se presenta desde la perspectiva de los perpetradores de crímenes, los cuales siempre creen llevar razón.
(René Girard; Los Orígenes de la Cultura, Edit. Trotta)

LA RECTIFICACIÓN BÍBLICA DE LA MENTIRA MITOLÓGICA (6./10)
La interpretación del mundo mítico sugerida por la visión bíblica y por la evangélica, es -según toda evidencia- una hipótesis científica, pues se obtiene a base de observar coincidencias entre textos e instituciones que no tienen nada de religioso. Pero por muy verosímil que nos parezca, tampoco se puede excluir que se trate de una hipótesis falsa, pero éste no es el tema. Porque aunque fuese falsa, estaríamos evidentemente ante una hipótesis científica.
Cuando confrontamos esta hipótesis con los mitos, constatamos que resuelve todos sus enigmas sin que queda nada por resolver, que explica todas las recurrencias y repeticiones que jamás habían recibido explicación:
1.- El misterio número uno es el hecho de que el héroe mítico, antes de ser divinizado, sea acusado siempre de un crimen bastante grave, de cuya perpetración se le convence a él mismo, para justificar plenamente la necesidad de matarlo.
2.- El misterio número dos es que los crímenes cometidos por ese "culpable" sean, al mismo tiempo, fantásticos y estereotipados, es decir, comunes a numerosos mitos: parricidios, incestos, bestialismos, etc. Los linchadores, por otra parte, siempre están dispuestos a cometer su acción, y suelen utilizar como pretexto el primer crimen que se les pasa por la cabeza. Y siempre, también en nuestros días, salen a relucir los mismos supuestos crímenes, inventados espontáneamente, una y otra vez, por gentes sedientas de violencia.
3.- El misterio número tres lo constituye el hecho de que los héroes y heroínas de los mitos tengan con frecuencia (pero no siempre) algún defecto físico. A veces se compara al conjunto de los dioses con una "corte de los milagros", y no es una mala comparación. La explicación de este misterio está, ya lo dije antes, en el mimetismo, que se focaliza más fácilmente sobre personas que presentan signos preferenciales de persecución. Entiendo por tales cualesquiera singularidades susceptibles de atraer sobre quienes las poseen la atención malévola de multitudes arcaicas sobreexcitadas o asustadas: la belleza o la fealdad excesivas, las cualidades excelentes (e insolentes) o las minusvalías y otras limitaciones dignas de lástima, sin hablar de los innumerables enemigos que se crean los profetas por el solo hecho de anunciar la verdad ("nadie es profeta en su tierra"). De manera aún más paradójica, la bondad extrema (sea la del Siervo Sufriente, sea la de Jesús) atrae también el odio de la multitud, ya que la bondad es otro signo preferencial de persecución. Digamos finalmente que la idea de que, a diferencia de la mitología (y frente a ella), los relatos de la Pasión de Jesús poseen un valor de verdad que cabe calificar de científica. Una vez que se constata su capacidad para resolver todos los enigmas de la mitología, solamente el fanatismo anticristiano, un auténtico oscurantismo antirreligioso, puede llevar a rechazarlos sin someterlos ni siquiera a examen.
(René Girard; Los Orígenes de la Cultura, Edit. Trotta)

LA RECTIFICACIÓN BÍBLICA DE LA MENTIRA MITOLÓGICA (7./10)
Pero todavía encontramos en los Evangelios algo más extraordinario aún si cabe. Son todas esa frases, a menudo lapidarias, todas esas memorables formulaciones, junto con ciertos títulos aplicados a Jesús, que reproducen, de una forma más abstracta o utilizando un simbolismo diferente, todo cuanto acabo de exponer acerca del poder revelador de los Evangelios frente a la religión arcaica. Porque los Evangelios no se contentan con mostrar las cosas una sola vez, sino que vuelven sobre ellas y las reformulan de una manera más abstracta o aplicándoles un simbolismo distinto, a fin de obligarnos a reflexionar y de impedir que las dejemos caer en el olvido. Ya he comentado algunas de estas formulaciones en otros libros, y no voy a volver ahora sobre ellas, Me limitaré, pues, a evocar tres pequeñas frases que considero decisivas.
Mis dos primero ejemplos señalan a los linchadores y a sus formas de linchamiento, recurriendo a la misma metáfora que muchos mitos: la horda animal, entregada a la violencia colectiva. El primer ejemplo es el siguiente: «No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, porque no las rehuellen con sus pies, y vuelvan luego y os despedacen (Mt 7,6)».
Otra alusión impactante a la naturaleza colectiva de la violencia fundadora se encuentra en los capítulos apocalípticos de Marcos y Mateo. Es ésta: «Donde esté el cadáver, se juntarán los buitres». Pienso que aquí se alude a la transformación a la que está destinado el crimen fundador en los últimos tiempos, en el período caótico que precederá al final del mundo. No tendrá ya capacidad catártica o purificadora alguna, y en vez de reconciliar a los hombres, exasperará aún más los conflictos. Para expresar esta idea, el texto recurre a la metáfora de una carroña sobre la que se abaten los buitres.
Pienso asimismo en otra frase quizá aún más significativa y a la que siempre me gusta referirme. Originalmente se encuentra en el Salmo 118 y, poco antes de su Pasión, Jesús la cita ante un grupo de personas, de no muy buenos modales precisamente, pidiéndoles que la interpreten. Se trata de la siguiente frase: «La piedra que desecharon los edificadores, ha venido a ser cabeza de ángulo». Pero los que le escuchan, guardan silencio y no ofrecen respuesta alguna. ¿Cómo podría ser que una piedra, por el solo hecho de ser rechazada, pasara a ser la más importante del edificio en construcción, la clave de bóveda o la piedra angular? Los que escuchan a Jesús no responden nada, y su silencio embarazoso se prolonga hasta nuestros días. Tomada al pie de la letra, en un contexto puramente arquitectónico, esta frase nada significa. Su mismo carácter absurdo sugiere ya renunciar al sentido literal, en favor de otra cosa, pero ¿qué? La teoría mimética no tiene la menor dificultad en responder. «La piedra rechazada por los edificadores no se diferencia en nada de las otras, excepto por el hecho mismo de ser rechazada por todos». Posee, por tanto, todas las características de una víctima propiciatoria. De modo que es su rechazo unánime, y nada más (ya que no se le atribuye ningún rasgo especial), lo que proporciona al edificio la clave de bóveda o, dicho en otros términos, su principio organizador.
El hecho mismo de que la frase en cuestión no sea de Jesús mismo, sino que él la cite sacándola de su contexto, por darse cuenta -antes que nadie- de su pertinencia, demuestra que era él -el propio Jesucristo- el poseedor del saber profundo que contienen los Evangelios y al que tan sólo ahora estamos empezando a acceder (o al menos así lo espero).
(René Girard; Los Orígenes de la Cultura, Edit. Trotta)

LA RECTIFICACIÓN BÍBLICA DE LA MENTIRA MITOLÓGICA (8./10)
Si tenemos en cuenta que Jesús iba a morir como víctima propiciatoria, entenderemos por qué cita esa frase enmarcándola en el nuevo contexto de lo que él mismo va a protagonizar. Es una revelación directa del verdadero carácter de la religión arcaica, y también otra indirecta (aunque casi más impresionante) del papel redentor que va a cumplir Jesús el Cristo. Sin que se sepa muy bien por qué, la piedra que fue rechazada injustamente es la que acaba rematando el edificio y se convierte en la fundamental. Es la piedra de la que depende la bóveda entera, y no puede, de hecho, ser retirada sin provocar el derrumbe del edificio. ¿Cómo no preguntarse, al leer este texto, si no hay en los Evangelios un mayor conocimiento de la cultura humana que el que tienen toda la antropología y toda la sociología contemporánea juntas, con tanto como pretenden enseñarnos?
Quede claro que no pretendo que esta comprensión del mecanismo fundador que aquí se nos revela sirva para demostrar las afirmaciones teológicas "sensu stricto" del cristianismo tradicional: la del carácter redentor de la muerte de Cristo, o el dogma de la Santísima Trinidad, por ejemplo. Nunca he dicho tal cosa. Todo lo que digo (que ya es mucho) es que si los Evangelios contienen un saber sobre la génesis de la cultura humana mayor que el que nosotros tenemos, convendría que tanto el mundo científico como el mundo intelectual en general los tomaran mucho más en serio, porque quizá apenas estamos empezando a descubrir las verdades que contienen. Y sin embargo, la mayoría de los investigadores se niegan a sí mismos la mera posibilidad de consultar los Evangelios en relación a cualquier tema en estudio. En nombre de ese espíritu laico que llevan dentro se privan de una fuente de información que, como va quedando claro a estas alturas, es infinitamente más importante y más misteriosa de lo que se había supuesto.
Renunciar a esa fuente de conocimiento es aún más grave, para la comprensión de nuestro mundo, de lo que sería renunciar a Homero a la hora de pretender estudiar la Grecia preclásica.
(René Girard; Los Orígenes de la Cultura, Edit. Trotta)

LA RECTIFICACIÓN BÍBLICA DE LA MENTIRA MITOLÓGICA (9./10)
Lo que el nihilismo de estos tiempos se niega a ver es una cosa de apariencia paradójica, pero que salta a la vista en cuanto uno se para a reflexionar. Sólo los relatos que se parecen mucho en cuanto a los acontecimientos que narran, los relatos que cuentan, en definitiva, los mismos hechos, el mismo tipo de dramas, los mitos antiguos y los Evangelios, por ejemplo, pueden diferir, pero no en el sentido de las ridículas diferencias que enfatizan los deconstruccionistas, sino de un modo verdaderamente significativo, y ello porque son susceptibles de transmitir interpretaciones opuestas. Relatos que hablan, todos, de violencia unánime -los mitos, por un lado, y los relatos evangélicos, por otro-, difieren radicalmente entre sí porque interpretan las mismas muertes que son resultado de esa violencia unánime, los mismos linchamientos, de una forma radicalmente opuesta.
Los deconstruccionistas no paran de afirmar que las interpretaciones que puede recibir un texto son innumerables, y que no hay forma humana de elegir. Lo que viene a ser como decir que todas carecen por igual de significado. Esta pirueta intelectual les exime de plantearse el problema de la verdad; pero cuando lo que está en juego es la vida de una víctima, no se puede eludir el dilema trágico: o bien la víctima es culpable o bien es inocente, y entonces lo que hay que hacer es rehabilitarla.
Al dejar totalmente al descubierto la gran mentira que provoca y organiza la focalización de las multitudes contra Jesús, los Evangelios nos suministran una llave que abre innumerables puertas y transforma radicalmente la cultura, no sólo de Occidente sino del mundo entero.
En tanto que el mundo occidental era cristiano, al término mito se le daba espontáneamente el significado de "mentira". Nadie podía decir exactamente por qué, pero el caso es que existía un instinto de verdad que hemos perdido. Sería importante volver a cogerle el punto.
(René Girard; Los Orígenes de la Cultura, Edit. Trotta)

LA RECTIFICACIÓN BÍBLICA DE LA MENTIRA MITOLÓGICA (10./10)
Los Evangelios consideran falsa la creencia de los linchadores, que desde luego son culpables, aunque también perdonables desde el momento que son víctimas de una ilusión involuntaria. Eso es precisamente lo que Cristo dice de los que le persiguen: «Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen». Y es también lo que manifiesta Pedro en los Hechos de los Apóstoles: «Vosotros y los que os dirigen, todos sois menos culpables de lo que creéis». Se equivocan, pues, los que insisten en que el cristianismo de los primeros tiempos, y los textos básicos de la religión cristiana, son responsables de la persecución encarnizada que, siglos después de los hechos que narran los Evangelios, paganos mal cristianizados infligieron a los judíos, que eran vistos como los únicos responsables de la Pasión de Cristo.
De la Pasión, todos somos igualmente responsables, pues en ella se resume la verdad de la humanidad entera, enraizada en una culturas que eran, por su parte, tributarias de una violencia colectiva a la que, para bien o para mal, los hombres deben su propia humanidad.
Antes de que se escribiesen los Evangelios, nadie sabía que quienes realizaban aquellos linchamientos de resonancias míticas, escogían a sus víctimas puramente al azar. Hoy, todo el mundo lo sabe, pero lo que nadie parece sospechar es que el mundo actual debe este conocimiento a la Biblia y a los Evangelios.
Si nadie invoca a la ciencia para justificar el saber al que me estoy refiriendo, no es porque la certeza al respecto sea insuficiente, sino más bien por todo lo contrario. Tal vez porque es demasiado grande. Esta clase de conocimiento es tan fuerte que los lógicos lo han bautizado, desde hace mucho, como common knowledge, "lo que es de puro sentido común" y que no se tiene por científico. Se trata, más bien, de algo tan firmemente establecido que una humanidad totalmente ajena a ello nos resulta, en cierto modo, inimaginable. Pero tal cosa no es obstáculo para que el saber en cuestión sea también científico. Si se puede lo difícil, se puede lo fácil.
(René Girard; Los Orígenes de la Cultura, Edit. Trotta)

sábado, 3 de agosto de 2013

Domingo 18º del Tiempo Ordinario. Ciclo C






18º  DOMINDO  T. O.  Lc 12, 13-21

MCS.- Cuando huyendo del camino de la solidaridad nos adentramos a través del portal del egoísmo, caemos sin remedio, tal vez deseándolo, como sólo estas cosas se pueden desear, en el mundo de la mentira, de la inconsistencia, donde para no ver que todo, absolutamente todo, no aspira sino a la muerte, aceptamos entrar a participar en un circo que nos haga olvidar la mentira de toda nuestra vida, esa que nos dice que podemos construir aquí el paraíso... No hay engaño con una fuerza semejante como el que es capaz de imaginar aquel que desea ser engañado...
¿Cómo hemos podido dejarnos engañar tanto? ¿Por qué tenemos tanta necesidad de ser engañados? Y un día, finalmente, se rompe la cuerda que atraviesa la pista del gran teatro del mundo, por donde caminaban realizando sus hipnóticos números los bufones de la mentira, y su trágica muerte nos hace despertar...
Pero ya no recordamos que al atravesar el portal del mágico-egoísmo, porque la magia siempre resulta tremendamente egoísta, nos pusieron las gafas de la envidia -no podemos decir si fue inconscientemente o aceptando el hecho como una parte integrante de nuestra historia-. Y con esas gafas, nada que no tuviese antes valor para otro, tendría valor para nosotros. Dinámica de la envidia que nos arrastra a aceptar entrar en la dinámica perversa de la violencia, como en casi todo, sin darnos cuenta y afirmando que se trataba de algo de lo más natural -todos lo hacen-, perteneciente a la dinámica perversa de la vida y del mundo: Todos contra todos, y finalmente todos contra uno, tras el engaño de la falsa paz: ¿a qué dioses dejamos entrar por esa puerta?...
Por todo esto, cuando llegó el momento, nosotros, como tantos otros, también deseamos apoderarnos de la rama dorada que poseía el guardián de la puerta del paraíso. Dimos la frase por cierta, nosotros, habitantes del mundo de la mentira. Creímos que sería aquello, aquella posesión, lo que nos conduciría a la felicidad y la libertad completas, definitivas. Tristemente descubriendo, para nuestra desesperación, cuando finalmente derrotamos al triste guardián, que la posesión de la rama dorada, junto con la custodia de la puerta -que creíamos del paraíso- no es otra cosa que la más terrible de las condenas; pues nos obliga a permanecer ante el portal que no nos es dado atravesar, esperando, esperando siempre, hasta el día, o en su defecto, la más oscura de las noches, también nosotros, rodeados por una corona de tristeza, al que, tan engañado como nosotros lo estuvimos cuando entonces, nos arrebate junto con la rama también la vida, para convertirse él, o ella, en un triste guardián poseído por su rama dorada.
¿Quién nos librará del eterno laberinto, del eterno retorno irracional, envidioso y violento?... San Pablo nos aclara el asunto: "Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo..; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra". Buscad y aspirad, dos verbos que nos apuntan a lo que importa de verdad: descubrir la dimensión transcendente que tenemos. Esto nos producirá el contento, y solamente estaremos contentos cuando haya contenido en nuestras vidas. Esto es encontrar el sentido: ser rico ante Dios, es serlo como es Dios, es decir, rico en amor, entrega y misericordia. Acumular por acumular siempre nos lleva a perder la alegría y la amistad generosa, a quedarnos en la torpeza de no saber dar. ¿Qué hay de humano en esa existencia?
Y a la hora de tomar alguna decisión importante para nuestra vida: "Situarme en la hora de mi muerte y ver qué es lo que me hubiera gustado hacer en el momento de la decisión",-siempre ante Dios-. Sin olvidar nunca que "Ninguna inversión en el amor se pierde".
La crisis que padecemos puede tener una orilla buena: darnos cuenta que tenemos que poner empeño para construir una sociedad más justa, libre e igualitaria. En esta tarea los cristianos tenemos mucho que aportar. Decía san Ambrosio: "Yo te muestro dónde puedes guardar mejor tu trigo, dónde puedes estar seguro de que no te lo arrebatarán los ladrones: Dalo a los pobres".
Comulgar con Cristo es una invitación a dar y no almacenar. Jesús se nos da él mismo. ¡qué maravilloso trueque! Que los ojos de nuestro corazón generoso sepan ver el amor entregado hasta el extremo por liberarnos de todo lo que nos ata egoístamente.

domingo, 14 de julio de 2013

SAN PABLO Y LA PSICOLOGÍA



SAN PABLO Y LA PSICOLOGÍA

La psicología se interesa por las afirmaciones que Pablo hace de sí mismo en Rom 7 sobre su desgarro interior: “No hago el bien que quiero, sino lo que aborrezco” (Rom 7,15). No se siente libre. Parece habitado por un poder que le empuja a una conducta que no responde a la imagen ideal que tiene de sí.
La psicología ve la razón de esta escisión en la represión de los deseos instintivos. Debido a que las necesidades instintivas contradicen la imagen ideal propia, quedan reprimidas en el inconsciente, pero desde allí despliegan su actividad destructiva y sabotean lo que nos hemos propuesto conscientemente. Lo reprimido no queda eliminado. Influye en nosotros desde el inconsciente impidiéndonos hacer aquello que desde el entendimiento hemos considerado correcto.
Evidentemente, el ser humano está dividido. El yo, en la psicología jungiana el sí mismo en cuanto núcleo de la persona, tiene el poder de determinar mi modo de actuar. Hay en mi otra fuerza. Pablo la llama el pecado, la hamartia, que habita en mí. Es una fuerza que me empuja a desacertar en lo que quiero. Hamartia viene de hamartano, “faltar”, “fallar”, “no dar en el blanco”. La psicología lo llama el poder de lo reprimido. Lo que no queda transformado sigue influyendo en mí. Y continúa empujándome a un obrar que contradice mi opinión consciente hasta que finalmente hago acopio de valor para mirar a lo reprimido y otorgar a la sombra su legitimidad.
Sólo cuando yo reconozca mi agresividad reprimida, ésta dejará de destruirme a mí y a las personas que están junto a mí. Lo reprimido nos divide y nos desgarra. Lo percibido y sacado a la luz se puede cambiar. Pablo capitula con su entendimiento y voluntad ante este poder del pecado, ante el poder de la tendencia, que habita en su interior, a hacer algo que en realidad no quiere en absoluto. El único camino que él recomienda para salir de esta situación crítica es poner la verdad personal ante Cristo. Él le salvará de esa escisión. Sólo se puede cambiar lo que se pone a la luz de Cristo.
Pablo “sabía de su sombra y creía que sólo Dios podía librarle de ella”. Pablo tenía conciencia de que no era sólo bueno, sino de que en él había otros ámbitos, aspectos oscuros y malos de su alma. Y confiaba en que sería liberado de ellos por la gracia, y no por su propio rendimiento. Ésta es una noción esencial que también hoy nos puede hacer mucho bien: “El amor de Dios no te lo ganas con tus obras. Dios te acepta no como a alguien lleno de claridad y luz que ha expulsado de sí toda tiniebla, sino tal como eres”.
Quien piensa que puede hacer todo cuanto quiere reprime necesariamente sus lados oscuros. Su sombra se hace cada vez mayor y no advierte cómo la exterioriza luego. Pablo quiere hacernos una invitación a vernos de manera realista, con nuestros lados luminosos y nuestros lados sombríos. Sólo entonces darán fruto nuestros esfuerzos espirituales. Es frecuente que quienes se sienten desgarrados en su interior sean precisamente quienes tienen ideales demasiado elevados.
La psicología habla de personalidad múltiple o de personalidad dual. Lo que se quiere decir es que el ser humano está dividido en yoes distintos que coexisten. Un yo desea ser bueno y persigue en su conducta ideales morales, pero el otro hace el mal. Con frecuencia, estos dos yoes están completamente separados el uno del otro. No tienen comunicación entre sí.
Esta duplicación la encontramos, por ejemplo, en los médicos de los campos de concentración nazis, en muchos terroristas, agrupaciones mafiosas o bandas juveniles. “El jefe mafioso o el cabecilla de un escuadrón de la muerte que ordena (o lleva él mismo a cabo) a sangre fría el asesinato de un rival y al mismo tiempo sigue siendo esposo y padre amante y, por supuesto, sigue yendo a la iglesia”.
La cuestión es cómo reconcilio mis lados conscientes con los lados sombríos y cómo uno ambos yoes entre sí. Pablo recomienda dos caminos. El primero consiste en juntar a los dos yoes, con bastante frecuencia separados y contiguos, e iniciar un diálogo entre ellos. Pablo dio ya comienzo a este diálogo en su texto. Pone a los dos yoes a dialogar. Esto nos protege de escindir al yo bueno y moral del malo e inmoral. Relativiza nuestro yo bueno. El diálogo nos muestra que, con nuestras propias fuerzas, no podemos superar esta escisión.
El segundo camino consiste, según Pablo, en poner mi desgarro ante Cristo, en ampliar el diálogo entre los dos yoes a una conversación a tres bandas con Jesucristo. Jesús ocupa para Pablo el lugar del terapeuta, que no sólo habla con el cliente, sino que le posibilita, ante él y con él, entrar también en conversación con la propia alma. Para Pablo, lo importante es confesar ante Jesucristo el propio desgarro sin lacerarse con sentimientos de culpa y sin someterse así a la presión de tener que matar al yo malo a toda costa. Pablo cree que poner la mirada en Jesucristo me conduce a mi verdadera esencia y a mi totalidad.
Si sólo miro a mi desgarro, nunca me desharé de él, por más esfuerzos que haga. Con mi voluntad no conseguiré hacer todo aquello que he reconocido como correcto. Tampoco puedo utilizar a Cristo como fuente de energía que me dé la fuerza necesaria para superar la escisión. Lo único que puedo hacer es contemplar a Jesucristo a través de mi desgarro, poner ante él mi escisión. Entonces experimento, en medio de la escisión, que estoy autorizado a ser tal como soy, incluso con mis lados sombríos, incluso con mi incapacidad para hacer el bien. Pues el amor de Cristo abarca mis dos lados: al justo y al pecador, al que observa correctamente las normas y al que, por el contrario, las infringe, al que sostiene los altos ideales y al que los desmiente con su conducta totalmente distinta.
En Romanos 7, Pablo deja de rabiar contra el yo no amado que actúa contra la ley. Sencillamente se entrega al amor de Cristo y esto le libera de su desgarro. Éste es también el camino que recomienda la psicología: entregarse con ese desgarro interior a la gracia de Dios y despedirse de las ambiciosas ilusiones con las que lo único que queremos es rehuir la propia verdad.
El tema Pablo y Psicología se podría entender también de otra manera. Ningún otro escritor bíblico (¿Jeremías?) nos ha permitido mirar su alma con tanta profundidad como Pablo. Así, podríamos interpretar sus afirmaciones desde una perspectiva psicológica. Naturalmente, ésta es una empresa arriesgada, pues siempre corremos el peligro de proyectar sobre la figura de Pablo nuestros propios lados sombríos, pero una cosa si parece posible, aun cuando requiera mucha prudencia… Pablo no habla de su propio desgarro sólo en Rom 7; de hecho, también lo percibimos en sus otras cartas. Por ejemplo, por una parte está fascinado por Jesucristo y quisiera dar su vida por él, pero luego echa pestes con muchísima agresividad contra los enemigos del Evangelio. Y la cuestión es si esto sólo se debe al celo santo que desea preservar la pureza del Evangelio o si ahí no resuenan también heridas y susceptibilidades propias. En sus manifestaciones agresivas podemos advertir muy claramente sus lados sombríos. Incluso después de su conversión, Pablo siguió conservando sus estructuras psicológicas más bien compulsivas. Si antes de la conversión quería acreditar su valía mediante la observancia de los mandamientos, después pretendía hacerlo mediante el trabajo que realizaba al servicio del Evangelio. Él mismo dice que, pese a toda su espiritualidad y toda su cimentación en Jesucristo, se ve atormentado por una enfermedad humillante. Pese a su espiritualidad, sigue teniendo -podríamos decir- esas estructuras neuróticas suyas que le resultan desagradables y de las que se avergüenza ante las comunidades.
También esta experiencia es para nosotros consoladora, y responde igualmente a la experiencia terapéutica. Con la terapia no llegamos a ser perfectos. No quedamos completamente libres de nuestros patrones neuróticos, pero ya no nos dominan. Los afrontamos de manera más consciente y podemos distanciarnos continuamente de ellos. Y en Pablo podemos observar perfectamente esta transformación.
En virtud de su encuentro con Jesucristo ha llegado a ser más abierto y más libre, más cariñoso y más compasivo, pero en medio de esta elevada espiritualidad aparecen continuamente lados sombríos que demuestran que, con toda su experiencia mística, Pablo sigue siendo, no obstante, un ser humano de carne y hueso, una persona llena de inquietud, un ser humano consciente de sus lados sombríos y que a veces sufre profundamente debido a ellos.

Explicación de afirmaciones teológicas y místicas desde la psicología

‹‹Cristo nos conduce, desde el ego, hasta el verdadero sí mismo. El sí mismo no es ya algo puramente humano, sino al mismo tiempo algo que nos supera. En él se unen lo divino y lo humano: Puesto que el ser humano sólo se reconoce como un yo, el sí mismo como totalidad es indescriptible e imposible de distinguir de una imagen divina, la autorrealización entraña, en un lenguaje religioso-metafísico, la encarnación de Dios››.
Pablo, en el encuentro con Jesucristo, quedó libre del ego, que gira constantemente en torno a sí, y abierto a su verdadera esencia y, al mismo tiempo, abierto a Dios y a los demás. Fue una experiencia que se le regaló, una experiencia espiritual de Jesucristo que, sin embargo, también transformó su psique. El ego quedó para él crucificado en Cristo, de manera que Pablo encontró acceso a su verdadero sí mismo, a la imagen auténtica e intacta de Dios en él: la esencia humana es divina.
Experimentó en lo más íntimo una sanación que no podía quedar destruida ni siquiera por las enfermedades y flaquezas exteriores. El camino de la humanización va del ego al sí mismo. El ego es el núcleo consciente de la persona. El sí mismo es, sin embargo, su esencia más íntima; el sí mismo encierra tanto lo consciente como lo inconsciente, tanto lo humano como lo divino.

Para llegar hasta el sí mismo hay distintos caminos:

El camino de la vía mística: Cuanto más mire dentro de mí, más penetraré lo superficial y más adivinaré, por debajo de todo lo observable, el sí mismo, que en última instancia no es ya visible ni palpable.
El camino de la meditación: detenerse y tomar conciencia, me conduce a mi verdadera esencia: “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”.
El camino del sufrimiento: (2Cor 4,16).- “Aun cuando nuestra condición física se vaya deteriorando, nuestro ser interior se renueva de día en día. No hemos de escoger el sufrimiento. Pero si lo aceptamos de Dios como Pablo, puede convertirse en un camino de transformación. El mayor enemigo de la transformación es una vida de éxito. Cuando todo va como la seda, con frecuencia también nos quedamos en la superficie de nosotros mismos y no penetramos más hondo en nuestro interior. El sufrimiento deteriora sólo lo exterior. Lo interior no puede ser destruido. Al contrario: cuanto más ámbito superficial quede abierto por la fuerza, más profundamente entraremos en contacto con nuestra esencia interior. Se trata de desasir lo viejo para que pueda crecer en nosotros algo nuevo. Lo nuevo, lo que Pablo nos promete en Cristo, requiere la muerte de lo viejo. Y esto no siempre responde a nuestro anhelo, pues morir es siempre doloroso. Pues todo el que emprende el camino de una humanización genuina sabe que no existe ninguna senda fácil hasta la armonía con el sí mismo más íntimo. En unos casos hay que abrir por la fuerza realidades endurecidas; en otros hay que contradecir los criterios con los que nos gusta medirnos, para que salga a la luz la verdadera imagen del ser humano que resplandeció para nosotros en Jesucristo y que desea irradiar también en nuestro corazón.