domingo, 19 de mayo de 2013

SANTÍSIMA TRINIDAD






SANTÍSIMA TRINIDAD   Jn 16, 12-15

La primera comunidad cristiana, iluminada por la Resurrección de Jesús, vivió, en una experiencia gozosa de fe, el acercamiento salvífico de Dios, como Padre, Hijo y Espíritu.

La Trinidad vivida
De Dios había hablado Jesús como "Abbá" (Padre) bueno y misericordioso, al que todos podemos invocar confiadamente como hijos; cercano a los pequeños y con entrañas compasivas. El mismo Jesús se presentó como el Hijo -esa fue la experiencia fontal de Jesús-, como Palabra encarnada, imagen visible de Dios, que revelaba al Padre, de tal modo que quien lo veía a Él, veía al Padre; pero un Hijo compañero, guía y hermano que invitaba a seguir sus pasos y construir un mundo más justo y fraternal que él llamó "Reino de Dios". Jesús habló del Espíritu, que nos configuraba como hijos en el Hijo, y que era la fuerza que había guiado su vida; y prometió que, desde dentro de nosotros, sería la que guiaría también a sus seguidores para ser sus testigos; y, una vez resucitado, lo derramó en el corazón de sus fieles y de su Iglesia.
Por tanto, la primera comunidad cristiana tenía una fe experiencial que la impulsaba a dirigirse a Dios como Padre, a través de Jesucristo y mediante la fuerza del Espíritu. Y en sus fórmulas doxológicas, en sus oraciones, en su liturgia veneraba a los tres con la misma adoración agradecida. Por tanto, la Trinidad era experimentada, creída y vivida antes de ser propiamente "pensada" y conceptualizada (como dogma).
Pero, al correr el tiempo y tener que enfrentarse con errores que negaban la divinidad del Hijo o del Espíritu, y movidos también por la "curiosidad amorosa" -como los enamorados, que quieren conocer a fondo todos los aspectos de la persona amada-, los teólogos -siempre sabiendo que es un misterio- buscaron diversas formulaciones para explicar cómo era Dios en sí mismo. Para ello echaron mano de categorías filosóficas contemporáneas. sus intentos por captar el misterio de Dios "siempre mayor", que nos desborda y nos envuelve en su luz cegadora, resultaban balbuceos bienintencionados, pero imperfectos.
Partían, sin embargo, de una intuición fundamental: "tal como Dios se ha revelado a nosotros por su Hijo y su Espíritu, así es Él en sí". O dicho de otro modo: "si Dios se ha revelado así en sus relaciones con nosotros, es porque Dios es así". Pues del Ser eterno de Dios no podemos decir nada si no es partiendo de lo que la historia de la Salvación nos enseña. Las relaciones entre las tres personas manifestadas en esta historia han de remitir a relaciones análogas en Dios mismo, dando por supuesto que en Él se encuentran fuera de todos los condicionamientos históricos.

La danza amorosa
Y Dios se nos ha acercado amorosamente como Padre, Hijo y Espíritu. Ese amor debe ser lo que constituye el ser de Dios. Ya lo había definido san Juan: "Dios es amor". El dogma trinitario -a veces explicitado en especulaciones frías y enrevesadas- no pretende otra cosa que profundizar en esa definición. Por eso, metáforas más cálidas que las sutiles conceptualizaciones pueden resultarnos más sugerentes y cercanas para aproximarnos -sin sobrepasar nunca el humilde barruntar- al misterio insondable de amor que Dios es. Estas  metáforas o imágenes nos hacen también entrever la incidencia que tiene la Trinidad en nuestras vidas.
El dogma de la Trinidad nos dice que Dios es en su interior "diferente" y "comunitario" y que el intercambio trinitario de amor que se da en su seno es la fuente de la creación y de la salvación. El Dios en que creemos no es un solitario infinito del Universo; es comunión de personas; es como un hogar, como una familia. Dios en su ser más íntimo es vida compartida, amistad gozosa, diálogo, entrega mutua, abrazo, comunicación amorosa, continua y eterna autodonación.
Nietzsche, intentando rebatir al Dios cristiano, que él consideraba un Dios triste y aburrido, decía: "Yo creería únicamente en un Dios que supiera bailar". Pero precisamente algunos teólogos medievales ya habían hablado de Dios como una ebullición de amor, como una danza amorosa, que une al Padre con el Hijo y el Espíritu. Y especialmente el místico dominico alemán maestro Eckhart nos decía que "en el centro de la vida de Dios hay una risa incontenible. El Padre ríe con el Hijo y el Hijo ríe con el Padre, y la risa trae el placer y el placer la alegría y la alegría trae el amor, que es el Espíritu". Y afirmaba que la alegría de Dios -que es el Espíritu- era como un caballo galopando por la pradera, pateando el aire por placer. Y, para expresar la comunión de vida y la expansión de amor y ternura que acontece en el Dios trinitario, «los Padres griegos acuñaron un término técnico, pericoresis, que evoca la danza de la Trinidad. La pericoresis trata de sugerir el movimiento eterno de amor con el que vibran las divinas personas, la vida que circula entre ellas, el abrazo de amor en el que se entrelazan».

Invitación a danzar
Confesar a un Dios así -como "danza gozosa de amor"- tiene significado enriquecedor para nuestras vidas. Nos dice:
1) Somos criaturas amadas. Pues "solo aquel Dios que no es una substancia cerrada sobre sí misma, sino que es el absoluto de comunicación, el absoluto del amor, solamente este Dios puede salir fuera de sí mismo y puede crear algo distinto de sí mismo, como imagen, para establecer una nueva comunicación de amor" Y eso es lo que ha hecho Dios con nosotros.
El libro de la Sabiduría proclama: "Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces; pues, si algo odiases, no lo hubieras creado" (11,23ss). He aquí el sentido de la creación: "Amas a todos los seres". Dios empieza por amar. Lo primero no es el acto creador, sino que antes de ser creados, antes de la constitución del mundo, dice san Pablo, "hemos sido predestinados, Dios ya nos ha amado".
El Dios que es amor y autocomunicación ha querido dársenos; por eso nos ha creado. No nos creó y, luego, nos amó, sino que, porque nos amó, nos creó. No estamos abandonados en un universo que nos envuelve en telarañas galácticas; sino que venimos de un Amor y vamos a un Amor que quiere plenificarnos.
2) Decía san Agustín: "Empiezas a entender la Trinidad si vives en el amor". Porque nuestro amor es un -pálido, sí, pero real- reflejo del amor que Dios es. De un Dios que es Amor y nos ha creado a su imagen. "Por eso el mejor camino para aproximarnos al misterio de Dios no son los libros que hablan de Él, sino las experiencias amorosas y solidarias que se nos regalan en la vida. Cuando dos jóvenes se besan, cuando dos enamorados se entregan mutuamente, cuando dos esposos hacen brotar de su amor una nueva vida, cuando uno se inclina compasivamente al necesitado que no le puede corresponder... se están viviendo experiencias que, incluso son torpes e imperfectas, apuntan a Dios. En el fondo de toda ternura, en el interior de todo encuentro amistoso, en la solidaridad desinteresada.., en la entraña de todo amor, siempre vibra el amor infinito de Dios".
Todo amor sincero -que nunca es posesivo, sino donación- nos hace entrar en la danza amorosa de Dios. Todo amor verdadero, por humilde que sea tiene  en su interior sabor de Dios.
3) Confesar la Trinidad es también un compromiso. Somos imagen del Dios uno y trino, que es comunión. La revelación del misterio trinitario arroja sobre la socialidad humana una nueva luz: ella es la analogía de la divina. El ser humano es un ser comunitario como lo es Dios (GS, n.14,3). Estamos hechos para vivir y crear comunidad en este mundo roto y, con frecuencia, a pesar de su "globalidad", in-comunicado y des-entendido.
Hacer de esta Humanidad una "familia" -como lo es Dios- es el sueño querido por el Dios trinitario. A ello nos impulsa la común paternidad del Padre, la filiación fraternal a la que nos invita nuestro hermano mayor Jesús y la fuerza creadora de comunidad que es el Espíritu.
Sabernos y vivirnos como imagen de un Dios que es comunión nos compromete a ir forjando "comunitariedad", no solamente en nuestras relaciones interpersonales, sino en la creación, laboriosa, pero tenaz, de estructuras justas y solidarias de convivencia que hagan cada vez más posible vivir en un mundo -así lo cantamos con frecuencia- "unidos como hermanos".
                                                ...../.....
Ese pequeño gesto que realizamos tantas veces en la vida -y con el que solemos empezar y acabar nuestras plegarias y liturgias- que es "santiguarnos" en el nombre de la Trinidad, nos debería recordar -si superamos que se convierta en un tic insustancial y mecánico- nuestro compromiso de vivir en nombre del Padre, siguiendo fielmente al Hijo y dejándonos guiar por su Espíritu. Así, reconociéndonos llamados a ser creadores de comunión, participaremos en "la danza amorosa" del Dios trinitario. (Julio Colomer, SJ)

sábado, 18 de mayo de 2013

¿ESTAMOS LOCOS?...






…¿ESTAMOS LOCOS?...
Manfred Lütz

¿CÓMO TRATAR?
1.- Una relación artificial pasajera por dinero:
Breve introducción a la psicoterapia

Por encima de todo debemos tener claro que está fuera de toda duda que la psicoterapia seria no es una teoría de la verdad al estilo de las religiones.
Por encargo del gobierno federal de Alemania, Klaus Grave estudió en 1994 la eficacia de los diversos métodos de psicoterapia, llegando a resultados espectaculares. En especial los métodos psicoanalíticos salieron mal librados de este estudio; las conclusiones del estudio sobre el psicoanálisis decían que éste sólo es apropiado para personas sanas.

a)      El psicoanálisis
¿Por qué se ríe usted así? ¿Qué reprime?
El psicoanálisis es la vieja dama de la psicoterapia. Durante largo tiempo tuvo que luchar para ganarse el reconocimiento, y el recuerdo de esa época de lucha sigue marcando en la actualidad a algunos viejos soldados del psicoanálisis. Sigmund Freud, el inventor del psicoanálisis, había provocado a sus contemporáneos con una teoría fascinante. Ante las absurdas contorsiones hostiles al cuerpo de una sociedad burguesa bajo cuya quebradiza superficie de decoro borboteaban obsesivas fantasías sexuales, Freud proclamó –como explicación de extraños fenómenos psíquicos- la misteriosa realidad del inconsciente. Con ello intentaba mayormente resolver los estados histéricos, a la sazón generalizados, de exaltadas nobles señoras.
El nuevo método abrió perspectivas para asomarse al omnipresente mundo de las pulsiones y de la forma más o menos exitosa de gestionarlas. Las construcciones de Freud, que partían de la temprana implicación erótica del niño en la relación con el padre y la madre, pretendían ser científicas, científico-naturales ante todo. Con ello respondían por completo a la moda de la época y, al mismo tiempo, fueron capaces de contribuir a sacudir con éxito a una sociedad cohibida.
Pero no eran una ciencia natural, es más, ni siquiera eran ciencia en sentido estricto. Es famoso el reproche de Jürgen Habermas, quien habla de la “errónea auto-comprensión cientifista del psicoanálisis”. En sus inicios, el psicoanálisis se asemejaba más bien a una ideología o a las comunidades religiosas tradicionales. Freud repartía anillos a sus discípulos más cercanos e importantes a guisa de anillos episcopales, excomulgó a su discípulo modélico C. G. Jung y todavía hoy sus textos son venerados en ocasiones como escrituras sagradas. El propio Freud no sólo aplicó el psicoanálisis a sus pacientes, sino que desarrolló a partir de él una sugerente doctrina sobre Dios y el mundo. En el caso de ciertos adeptos menos ilustrados del psicoanálisis, todo eso llevó y lleva con no poca frecuencia a tener por verdades las interpretaciones psicoanalíticas. Pero no lo son.
…/… La focalización en el pasado y, en especial en la infancia, el paciente siguió siendo un problema crucial… Desde un punto de vista psicológico, el firme anclaje del trastorno presente en determinados fenómenos del pasado puede sugerir –en el peor de los casos- que el trastorno es inalterable, pues la persona, por definición, nunca pude liberarse ya de su pasado. Y si el trastorno presente tiene que ver en lo esencial con un pasado del que uno es incapaz de desembarazarse, ¿cómo va a liberarse del trastorno mismo? La focalización en pasado y en las deficiencias del pasado puede obrar incluso, si es manejada con torpeza, lo que se ha dado en llamar “daño causado por la psicoterapia”: la inducción de un trastorno psíquico por medio de la propia psicoterapia.
…/… No obstante, el método aplicado no tiene por qué ser decisivo. Como ocurre con todos los tratamientos de psicoterapia, cuán bueno o malo, cuán breve a largo sea un tratamiento psicoanalítico depende en esencia de la persona del terapeuta. Hay brillantes psicoanalistas, existencialmente sabios, que han abandonado algunos callejones sin salida del psicoanálisis y que, tras adoptar modernos criterios científicos, ejercen la psicoterapia con resultados positivos. Junto al psicoterapeuta, también el propio paciente y la clase de trastorno psíquico que padece son, desde luego, importantes para el eventual éxito de esa específica psicoterapia (sesiones de prueba, para ver si hay química entre psicoterapeuta y paciente). Por desgracia, aún nps falta mucho para poder decir con precisión qué métodos y qué psicoterapeutas serán los más efectivos para los distintos tipos de pacientes y trastornos. Si las personas se meten una y otra vez en los mismos estériles callejones sin salida a lo largo de sus vidas, y si es posible determinar motivos biográficos para ello, entonces el psicoanálisis es un método psicoterapéutico útil en algunos casos y menos útil en otros. Dado que se hace largo y costoso, quizá no sirva para todas las enfermedades mentales. Y, en su forma clásica, no es apropiado o incluso resulta perjudicial para tratar determinados trastornos psíquicos graves, tales como la esquizofrenia o las depresiones profundas.

b)      La psicoterapia conductual
Cuadrad, práctica, buena
La gran antagonista del psicoanálisis era y es la psicoterapia conductual. A la psicoterapia conductual clásica no le importa la dinámica que pueda ocultarse detrás de una sintomatología dada. Se interesa tan sólo por los síntomas mismos, por la conducta exteriormente descriptible y, en especial, por cómo erradicar tales síntomas. La psicoterapia conductual considera que la conducta patológica ha sido aprendida por el paciente en el curso de su vida, por lo que también puede ser olvidada. Para ello ha desarrollado métodos evaluados científicamente con precisión, al objeto de conseguir una eliminación de los síntomas tan rápida y duradera como sea posible. No cabe duda: eso mismo es lo que desea el paciente.
La crítica habitual del psicoanálisis a semejantes métodos era que se quedaban en la superficie y, por ende, no “ahondaban” lo suficiente. Pero algunas investigaciones han concluido que los métodos de psicoterapia conductual obran de manera del todo perdurable.
Con el tiempo, la terapia conductual ha complementado la focalización, a menudo asimismo polémica, en los síntomas externos y su tratamiento con aspectos cognitivos –esto es, que requieren discernimiento- análogos a los que están presentes en los métodos psicoanalíticos. El “giro cognitivo” de la terapia conductual ha convertido esta forma de psicoterapia en el método psicoterapéutico probablemente mejor avalado desde el punto de vista científico en el mundo entero. Entretanto, existen sofisticados manuales que permiten a los psicoterapeutas tratar de forma hasta cierto `punto estandarizada determinados trastornos por medio de la terapia conductual. Pero hay pacientes con los cuales estos métodos no sirven de nada.

c)      Revoluciones sistémicas.
Cómo se erradican los problemas
Mientras que el psicoanálisis intenta tratar con la cura psicoanalítica a personas concretas, la terapia conductual trata síntomas concretos. Pero la persona siempre es también un ser social. La terapia sistémica pone en el centro a la persona con sus relaciones sociales.
…/… (anorexia para evitar la separación de sus padres)
La escuela de “Palo Alto” (California) desechó la opinión clásica de que existe “la” adición, “la” esquizofrenia, o “la” depresión. “¿Cuál es la realidad?” La terapia sistémica ofreció una visión completamente nueva y mucho menos rígida de la realidad. Por eso, la terapia sistémica no es sinónimo de terapia familiar, bien que ha dado numerosos impulsos importantes a esta forma de terapia.
…/… Los síntomas de la enfermedad tienen un sentido y no pueden ser vistos y utilizados sólo como deficiencias, sino que han de ser entendidos como recursos, como fuente de energía. “¿Qué es lo bueno dentro de lo malo?” La respuesta: cambios de perspectiva e intervenciones sorprendentes. Así, en situaciones completamente enmarañadas se puede de repente “introducir una llamativa diferencia que supone una auténtica diferencia”. Los terapeutas sistémicos aportaron nueva vitalidad a un sistema que antes estaba anquilosado en determinados ritos poco útiles y, por concomitancia, dolorosos.
“¿Por qué es usted tan depresivo?”. Desde el punto de vista psicoterapéutico, plantear semejante pregunta a un melancólico no es, en realidad, demasiado inteligente. Pues eso es lo que el depresivo, de todos modos, lleva preguntándose a sí mismo desde hace mucho tiempo en vano. Si alguien que se encuentra en tales condiciones tiene que contarle además a otro durante tres cuartos de hora todas las miserias de su vida, al terminar seguramente no se sentirá mejor, sino que entonces será cuando se encuentre mal de verdad… ¡y encima ya sabe también por qué! De ahí que los terapeutas sistémicos planteen preguntas muy distintas. Por ejemplo: “¿Cómo se las ha arreglado usted para soportar su depresión durante tanto tiempo?”. Y en respuesta a esta pregunta, el mismo paciente contará una historia muy distinta. El mismo paciente contará que, por lo menos, todavía era capaz de pintar un poco, de dar pequeños paseos, de visitar a algunos amigos, no tanto como en otras circunstancias, pero algo es algo. Es decir, el mismo paciente, después de una pregunta tan inesperada, hablará de sus energías sumamente personales, que le han sostenido incluso durante la depresión. ¿Y con qué debe llevarse a cabo la psicoterapia sino con las propias energías del paciente? Dilatarlas con cariño, hacer más de aquello que ayuda: tal es el sentido de toda psicoterapia centrada en los recursos. En cambio, cuanto más se habla en una sesión de psicoterapia de las innegables deficiencias del paciente, de sus causa y consecuencias, tanto más refuerza uno en la duda su impotencia. El psicoterapeuta profesional debe lograr que los pensamientos del paciente se orienten de nuevo a sus propias energías. Y es que los pensamientos y el lenguaje crean una realidad que, en el sentido más verdadero de la expresión “surte efecto”. De ahí que resulte poco útil hablar con el paciente una y otra vez sobre “la depresión”. Los terapeutas sistémicos no tratan los diagnósticos y los síntomas como si fueran verdades eternas, sino que relajan estos rígidos conceptos y dirigen la atención hacia las soluciones individuales, a menudo sobremanera creativas, adoptadas por el paciente en el pasado como en el presente. “Sólo necesitamos los diagnósticos para las mutuas”, dijo pícaramente en un simposio Paul Watzlawick.

d)      Soluciones sin problemas: el secreto de la mella
El estadounidense Steve de Shazer desarrolló de manera consecuente el enfoque anterior h hacia la terapia centrada en la solución, que se desentiende radicalmente del problema y no mira ya más que ala solución. Esto acorta la duración de la psicoterapia y conduce a eficaces soluciones individuales. Para ello, de Shazer se apoyó en el psicoterapeuta más genial del siglo XX, Milton Erickson, el cual estaba discapacitado, iba en silla de ruedas y, por ello, no podía por menos de observar a las personas con suma atención.
…/… La mella, que a punto había estado de convertirse en causa de suicidio, pasó a ser una bendición, una solución, gracias a la cual la paciente se liberó de su abrumador atenazamiento.
La terapia centrada en la solución ha demostrado su virtud, más que nada, en el tratamiento de adictos. Estas personas, debido tanto a sí mismas como a su entorno, suelen estar muy focalizadas en sus propios problemas. Y, desde luego, esperan que el psicoterapeuta les pregunte justo qué es lo que ha salido mal con ellas. Pero entonces se quedan sorprendidas de que alguien les pregunte en primer lugar cómo han conseguido superar la recaída. Escuchan perplejas que el terapeuta no se interesa tanto por las fases en las que beben, sino por los períodos de abstinencia. Y cuanto más se representan mentalmente todo lo que les ha salido bien en la vida, con tanta mayor claridad recuerdan las capacidades que activaron para conseguir tales logros. La imagen que tienen de sí mismas deviene de nuevo más positiva. Ya solo con ello se incrementa la probabilidad de volver a conseguirlo. Así, la forma en la que uno pregunta por la historia clínica constituye ya de por sí un decisivo encauzamiento terapéutico. Quien –sin semejante sugerencia psicoterapéutica- no hace sino dar vueltas y vueltas alas causas de su problema tiene presente una y otra vez el propio fracaso. Esto puede llevar a adquirir algunos conocimientos, pero no necesariamente ayuda a alcanzar una solución.
‹‹La solución no tiene nada que ver con el problema››. Con esta frase resume Steve de Shazer resumía sus investigaciones llevadas a cabo en el instituto de Milwaukee. Se había descrito de forma precisa el problema con el que cada paciente acudía a la psicoterapia. Con idéntica precisión se había descrito la solución a la que se había llegado al final del tratamiento. Y cuando luego se intentó establecer una relación entre problema y solución, se descubrió que no existía ninguna.
¡Verdaderamente increíble! ¡Pero si, para resolver un problema primero hay que conocerlo! Sin embargo, si se miran las cosas con detenimiento, justo eso es lo que no se cumple. Pues el problema es un acontecimiento vital que, de algún modo, se cruza desde fuera con el propio camino vital. La solución, en cambio, debemos alcanzarla en cualquier caso con las capacidades específicas de que disponemos, diferentes para cada persona.
Si una persona es capaz de serenarse en situaciones de estrés escuchando música, utilizará esta capacidad para encontrar una solución cuando se vea confrontada con todo tipo de problemas: personales, profesionales, sociales. A otras personas la música no les ayuda. Mas también ellas han resuelto ya con éxito problemas a lo largo de su vida –activando otras capacidades.
Por esta razón, el consejo: “En su lugar, yo…”, demuestra escasa profesionalidad. La solución se basa en nuestras limitadas capacidades individuales, que difieren de una persona a otra. Y a estas capacidades debe dirigir la psicoterapia profesional el foco de la atención. El problema, por el contrario, se nutre de las limitadas fatalidades que el mundo tiene para ofrecer. De ahí que sea impredecible y, en la medida que queda fuera de nosotros mismos, no influenciable por nuestra parte. Por eso, no deberíamos perder en vano el tiempo con el problema. “Así es la vida”: tal es el título de un artículo –convincente desde el punto de vista epistemológico- de Steve de Shazer, en el que éste se ocupa mayormente de la filosofía del lenguaje de Ludwig Wittgenstein. Estas nuevas formas de psicoterapia no sólo están fundamentadas con suma seriedad desde el punto de vista teórico, sino que, sobre todo, procuran con radical coherencia que el paciente se libere con rapidez y de forma duradera de sus síntomas. Algo así no puede ser completamente falso.
CASO: Un día, una paciente acudió a Steve de Shazer y le dijo que tenía un problema que le resultaba tan embarazoso que, bajo ningún concepto, podía contárselo. Por regla general, eso habría supuesto el fin de la psicoterapia antes siquiera de empezarla. En el caso de Steve de Shazer no ocurrió así. Él aceptaba a todos los pacientes, también a los llamados “desmotivados”. Al fin y al cabo, acudían a él, por lo que algún motivo debían que tener. Pero descubrir de qué manera puede uno ayudar incluso en situaciones complejas no es tarea del paciente, sino del psicoterapeuta profesional. En este caso el reto estaba claro: encontrar una solución sin conocer el problema. De Shazer respetó la condición de la paciente y le planteó sus preguntas de escala. “Imagínese una escala de cero a diez. Cero significa: “Es tan grave que no puede ser peor”. Diez significa: “El problema está totalmente resuelto”. En la actualidad, ¿en qué punto de esa escala se encuentra usted?”. La paciente le dijo que en el dos. De Shazer le siguió planteando sus preguntas estándar: “¿Cómo ha conseguido pasar del cero al dos? ¿Qué le ha ayudado a hacerlo? ¿Qué a mejorado en el dos con respecto al cero?”.
Pero, dado que la paciente no quería revelar su problema y las respuestas habrían ofrecido pistas al respecto, de Shazer invitó a la mujer a representarse las respuestas de forma detallada solo en su imaginación. Eso fue lo que hizo la paciente. Y cuando terminó de hacerlo, de Shazer le formuló la siguiente pregunta: “En el pasado, ¿cuándo ha estado usted siquiera por breve tiempo en el tres o en el cuatro?”. La paciente se representó de nuevo mentalmente estas fases -de mejoría-. Después de algunas preguntas más, vino la “pregunta de la primera sesión”: “Desde hoy hasta la próxima sesión, que tendremos dentro de tres semanas, reflexione, por favor, sobre qué aspectos de su vida y su conducta no debería cambiar”.
Los pacientes saben, por supuesto, qué es lo que quieren cambiar, y pensar sobre ello dirige el foco de la atención una y otra vez a las deficiencias que toda persona tiene y que le impiden alcanzar la hermosa meta. Pero la “pregunta de la primera sesión” dirige la atención a las numerosas capacidades y energías individuales que, como es comprensible, el paciente, abrumado por los problemas, últimamente ha perdido de vista. Que en la siguiente sesión se le pregunte en efecto al paciente qué es lo que no desea cambiar no es en absoluto decisivo. La pregunta ha dirigido de modo provisional la atención del paciente a algo muy útil, y eso funciona. En la segunda sesión, de Shazer planteaba además la famosa pregunta del milagro: “Imagínese que, al caer la noche, está usted cansado y se va a la cama. Y mientras duerme, acontece un milagro. De repente, su problema ha quedado resuelto por completo. Se despierta por la mañana, pero no sabe que ha acaecido el milagro, pues usted estaba durmiendo. ¿En qué notaría que ha acontecido el milagro?”. Si la respuesta es formulada sólo en términos generales, por ejemplo. “En el hecho de que me sienta mejor”, el psicoterapeuta vuelve a preguntar: “¿En qué lo nota?”, hasta que se describe un modo de conducta observable.
Con vista a una mayor clarificación cabe también preguntar en qué notarían los familiares del paciente que ha tenido lugar el milagro, o uno puede interesarse por aquello que se vería en una película sobre la situación posterior al milagro. La insistencia en una descripción concreta impide que el paciente se proponga metas utópicas y posibilita que el objetivo influya de forma realista. El quid de la pregunta del milagro es que el paciente describe el objetivo sumamente personal con que él encara la psicoterapia. Un paciente contará que, por fin, podrá de nuevo cocerse por las mañanas el huevo del desayuno y salir a comprar el periódico. Para otro, en cambio, después del milagro volverá a ser posible dormir a gusto y descansar. Cuanto más se hable sobre ello, tanto más intensas serán, por supuesto, las imágenes de la solución; y el paciente pasa del éxtasis de los problemas al éxtasis de las soluciones, un estado que impulsa con fuerza el proceso de curación.
Volvamos a nuestro caso. Steve de Shazer había realizado con la paciente dos o tres sesiones más, en las que le había formulado nuevas preguntas, siempre con una respuesta imaginada en la mente de la paciente. Ésta progresaba bien, estaba motivada y colaboraba. Por último, al llegar al punto ocho de la escala, dijo que se sentía lo suficientemente bien como para dar por concluida la terapia. Pocos meses después, de Shazer recibió una postal desde un país lejano. Contenía un efusivo agradecimiento de la paciente, que terminaba con las palabras: “… y, por lo demás, ahora estoy en el doce”. De Shazer nunca supo en qué consistía en realidad el problema y, sin embargo, logró con sumo éxito construir la solución junto a la paciente.

En sus cien años justos de existencia, la psicoterapia moderna ha evolucionado de forma impetuosa. Los tiempos de luchas han dado paso entretanto a una respetuosa coexistencia. Cada cual integra en su propia forma e psicoterapia aspecto útiles de las demás escuelas y hace memoria de las cuestiones fundamentales. Si la psicoterapia es una –artificial, asimétrica, intencionada y metódica- relación pasajera por dinero entre un paciente que sufre y un terapeuta conocedor de los distintos métodos, entonces se trata de un proyecto claramente definido. “Definido” quiere decir aquí “limitado”. Y en la limitación radica siempre también, en toda psicoterapia seria, la clave del éxito.
La psicoterapia no puede ofrecer la felicidad, ni siquiera el sentido de la vida, como tampoco la producción de la persona perfecta. Los psicoterapeutas no son más sabios, ni tienen más experiencia de la vida, que el resto de los seres humanos. Se mire como se mire, los diálogos psicoterapéuticos constituyen invariablemente tan solo la segunda mejor forma de comunicación. Son siempre artificiales y, en caso de ser buenos, ingeniosos; pero nunca espontáneos. La mejor forma de comunicación es, también para esquizofrénicos, depresivos y demás, conversar con carniceros, panaderos y vendedoras, o sea, con personas normales. Los psico-expertos sólo deben intervenir cuando eso no funcione –porque el trastorno psíquico sea, por el momento, demasiado agudo-, pero únicamente hasta que la mejor forma de comunicación posible vuelva a cuajar. De ahí que la brevedad sea una exigencia ética para toda psicoterapia. Pues la psicoterapia es un trabajo, no la vida real. Más bien, debe ayudar a que la persona pueda volver cuanto antes a vivir su vida con ganas, olvidándose de psiquiatras y psicoterapeutas.
Así, la modestia es un signo distintivo de toda buena psicoterapia. A pesar de la multiplicidad de métodos, la psicoterapia no es más que una de las muchas posibilidades de tratamiento, que en ocasiones ayuda, rara vez perjudica y siempre ha de ser llevada a cabo con precaución. Y es que todo método que da resultado tiene asimismo efectos secundarios. Este principio farmacológico vale también para la psicoterapia. El conocido psicoanalista Christian Reimer destapó las estremecedoras formas de abuso de los pacientes por medio de psicoterapias demasiado prolongadas. Esto fue durante mucho tiempo un tema tabú. Reimer citó la furiosa carta de una psicoterapeuta a una paciente que, después de una terapia de más de diez años, había interrumpido –con toda razón- el tratamiento. El narcisista auto-enamoramiento de algunos psicoterapeutas puede convertir las terapias en enfermizos apaños. Si el psicoterapeuta se considera a sí mismo la única solución para el paciente, entonces no lo conducirá –como ocurre en toda buena psicoterapia- a la libertad, sino a la falta de libertad y la dependencia. Steve de Shazer insistía en que la terapia centrada en la solución siempre debía incluir igualmente la separación respecto del psicoterapeuta; y ello. A la mayor rapidez posible. En la puerta de su sala de tratamientos podía leerse: “La terapia breve es útil para los pacientes, no para los terapeutas que la cultivan”.




La Teoría Mimética de René Girard






LA TEORÍA MIMÉTICA A VUELAPLUMA
            La teoría mimética es cierta comprensión de las relaciones humanas que implica, al mismo tiempo, una manera de entender la cultura humana. Es decir que ofrece una percepción simultánea de lo que mueve a los humanos en sus relaciones y de lo que los forma en las estructuras que son anteriores a, y muchas veces escondidas de, sus relaciones. Esta única idea ayuda a romper la barrera entre dos aproximaciones a la comprensión de nosotros mismos que hasta ahora no han sido capaces de encontrar un vínculo interno: la aproximación psicológica, siguiendo a Freud, que se concentra en la persona individual, concibiendo sus problemas como internos a la persona, y la aproximación sociológica, que concibe los problemas como "allí fuera" -objetivos-, independientes de los motivos tuyos o míos, de nuestras intenciones, sentimientos y así sucesivamente. Esta escisión tiene marcados efectos en la teología: consideremos la manera en la cual se había confinado el discurso sobre el pecado en el mundo de lo "personal", como luego el intento de rescatarlo de aquella esfera, para enfatizarlo como algo estructural, intento este que, por las razones que tal vez se aclaren en la medida que avancemos, no ha dado el fruto esperado.
            La teoría mimética propone una manera de entender lo humano que es a la vez personal y social, puesto que trata a la persona como absolutamente dependiente del otro, social y personal, que le es anterior, y de este modo concibe como clave para cualquier comprensión de la relacionalidad entre este otro y la persona. Tratemos de describir esto sencillamente. La primera pregunta que nos hace es: ¿cuál es tu deseo? La respuesta que da es: deseo a imitación de alguien. Para que algo tenga valor o interés para mí, alguien, otro, tiene que haberle dado aquel valor o interés. Este proceso comienza en todos nosotros en la más tierna infancia, cuando fue de hecho el proceso de la imitación en todos nosotros, movido por la atracción gravitacional hacia el otro, lo que nos condujo a articular sonidos y hacer gestos. Fue la capacidad de repetir sonidos lo que condujo a la formación de la memoria, y de allí al lenguaje, puesto que no hay lenguaje sin memoria. Es decir que la posibilidad misma de que seamos criaturas conscientes del todo se debe al mecanismo de la imitación. Imitamos no tan sólo lo que las personas hacen, y como aparecen, sino que nos mueve una atracción gravitacional aún más fuerte: nos mueve el deseo de ser. En el caso de que haya buenos padres, al bebé se le permite recibir un sentido de ser, y no tiene que agarrar para adquirir un sentido de ser. Al otro extremo de la gama, hay niños que no reciben ningún sentido de ser y para los cuales pueden pasar años durante los cuales buscan de toda forma posible, encerrados en quién sabe cuántos mecanismos repetitivos dolorosos y exacerbantes, adquirir un sentido de ser. La mayor parte de nosotros está en alguna parte de la gama entre quienes su sentido de ser, su "yo", fue pacíficamente amado y traído a la existencia, de modo que pueden imitar a los que los aman de manera pacífica y con pocos conflictos, y los que sienten que tienen que agarrar-coger un sentido de ser que siempre les elude, manipulando y controlando a los demás en su búsqueda. Y así entramos en una dinámica de lucha para adquirir violentamente lo que estamos convencidos que nos corresponde en nuestro afán de ser.
            Esto quiere decir que nuestros deseos son adquiridos a imitación de los deseos de otros, el "yo" a quien se llama a la existencia depende enteramente de los otros que le rodean. El "yo" que nutre el espejismo de su propia originalidad, ciego a su dependencia, es tal vez el que más dependiente es de los deseos de los otros, pero de maneras escondidas y compulsivas. Hasta aquí sin problema. Pero esto significa que estamos siempre dispuestos al conflicto. Consideremos lo siguiente: si reconozco mi absoluta dependencia del otro para mi deseo, en lo social y en lo personal, entonces estoy en paz con el otro. Sin embargo, en el momento en que busco afirmar la anterioridad y originalidad de mi deseo, entonces estoy en una relación conflictiva con el otro. Un ejemplo: un miembro de mi pandilla aparece con una nueva camisa de una determinada marca. Es una persona a la que aprecio y admiro: me gustaría ser como él; si fuera como él, entonces tal vez sea yo mismo más deseable, más atractivo. Tal vez llegue a "ser" un poquito más. De modo que compro la misma camisa, y, por supuesto, los otros de la pandilla me comentan: "Mira, imitaste a Juan, compraste la misma camisa". De ser yo aquella cosa extraordinariamente rara y sana, una persona humilde y sencilla contesto que: "Si, tienen razón; admiro a Juan y me gustaría ser más como él". Sin embargo, el noventa y nueve por ciento de nosotros es más probable que contestemos algo así: "Están delirando, no estoy imitando de ninguna manera. Vi la camisa en la tienda, o en la TV, antes incluso de que él sospechara de su existencia; tan sólo no disponía del dinero entonces". Es decir, afirmo la anterioridad y originalidad de mi deseo, y niego mi dependencia real del otro. Esto es algo absolutamente sencillo, y quien mejor lo entiende es el mundo de la publicidad, que rarísima vez se limita a describirte, sin más, el producto que te quiere vender. Más bien busca seducirte a que lo desees al mostrarte alguien atractivo, que claramente tiene ser -es famoso-, tiene chispa, disfruta de la vida con su producto. Mensaje: si compras X, entonces podrás ser como Y, es decir, realmente existir.
            Bueno, está muy bien mientras hay muchos objetos X para venderse. Pero, ¿cómo, si no es la camisa de Juan la que me gusta, sino su chica? Juan y Pedro son amigos íntimos, y lo han sido desde la infancia. En su adolescencia Juan, que tiene un hermano un par de años mayor que él y que ya tiene novia, comienza a buscar salir con una chica. Está apasionado, o por lo menos, convencido de que debería de ser apasionado, de modo que habla intensamente acerca de la chica en los términos más exagerados. Este ejercicio tiene como objetivo convencer a Pedro de que ella es la chica más maravillosa del mundo, puesto que Juan no puede imaginar el desear algo que no lo desee también Pedro; a fin de cuantas hasta ahora todo lo han deseado juntos: su música, su deporte, sus primeros cigarrillos, y así sucesivamente. Al principio Pedro no se deja impresionar. He aquí que Juan desea un objeto en el cual no puede participar, puesto que, al fin y al cabo, una chica no es una moda o un cigarrillo. Ella es indivisible. Sin embargo, Pedro está habituado a aprender a desear según su amistad con Juan, y de repente, empujado por Juan, comienza a percibir que, de hecho, ella tiene un cierto atractivo, y de repente, ¡qué sorpresa!, Pedro se apasiona por ella. Por supuesto, a esta altura del juego, pelea con Juan, que no puede entender cómo su mejor amigo puede hacerle semejante cosa. Juan se aleja, perdiendo su interés en la chica. En este momento, de repente Pedro descubre que también en él ha perdido interés en ella: su interés dependía de Juan. Estando éste ausente, como amigo y como rival, la chica pierde interés. En esta historia, donde podemos intercambiar los papeles masculinos y femeninos al gusto, es de tal modo aparente que lo entendemos de inmediato: todos deseamos por medio de los ojos del otro.
            Esto nos ha llevado al umbral del conflicto. Imaginemos otra historia para entender mejor lo que pasa. Ahora tenemos un brillante profesor, y un alumno brillante. El alumno imita al profesor, al profesor esto le halaga y le cae bien, por eso anima al alumno. Hasta aquí nada de rivalidad, de conflicto. En la medida en que el alumno adquiere cada vez más éxito, el profesor se alarma, comienza a temer por su propia posición, y entra en rivalidad con su propio alumno, complicándole las cosas, criticando ferozmente una brillante conferencia que ha dado su alumno. El alumno se desorienta: ¿por qué ha acontecido esto?, ¿por qué su imitación fiel y su amor por su profesor de repente reciben este galardón? Continúa buscando imitar, pero ahora se encuentra rival de su propio profesor, que está en rivalidad con él. Pelean, aparentemente sobre algún punto importantísimo de la verdad: con respecto a la interpretación de los agujeros negros, o de Platón; de hecho la pelea no tiene un por qué sustancial. Es irracional, y tiene que ver con la rivalidad de los dos.
            Ahora imaginemos que su pelea está causando el caos en la facultad, y que necesitan llegar a un acuerdo para evitar que alguna entidad gubernamental les prive de sus subvenciones. De ser personas de extraordinaria humildad y simplicidad, podrían, por supuesto, ir cada uno a visitar al otro diciendo: "Lo siento, veo que el problema es que he estado en rivalidad contigo, lo cual fue enteramente innecesario, y debo aprender cómo amar sin envidia, imitando pacíficamente". Pero, si tan sencillos y humildes fuesen, era poco probable que hubiera estallado el conflicto. Antes bien adoptan una manera diferente de resolver el conflicto: "Mire, nuestro conflicto nunca se habría dado si de nosotros dependiera; de hecho fue aquel profesor escandinavo quien ha sembrado el conflicto entre nosotros. De librarnos de él, entonces nuestra facultad conocerá la paz". Así que hacen exactamente esto, plenamente convencidos de que el tal escandinavo fue la fuente de todos los males de la facultad. Tienen que creer de verdad que él sea auténticamente esta fuente, pues de lo contrario no lograrían hacer las paces. De hecho, si se ponen de acuerdo, con un análisis bien objetivo, en culpar al escandinavo, lo echan, y de repente encuentran que en su facultad reina la paz. Lo que no han percibido es que su paz es una paz falsa, basada en un engaño, y que eventualmente su rivalidad, que apenas se tapó con un poco de papel higiénico, hará erupción de nuevo, y tendrán que repetir el mecanismo de nuevo, sacrificando, esta vez, quién sabe cuál víctima desechable.
            Bueno, pues ahí tenemos la teoría mimética. Ésta dice que toda sociedad y cultura humana es así. Que todo humano desea de esta manera, y que la manera en la cual producimos la paz es por la expulsión de alguien tenido como responsable de nuestros conflictos. Es decir somos todos, siempre y en todas partes, criaturas inmensamente violentas, y la única forma que tenemos de controlar esta violencia es la búsqueda de la unanimidad colectiva contra una víctima. Podemos imaginar una asesinato fundacional de este tipo, tal como se atestigua en muchas partes de la mitología humana, y observar el proceso en su integridad. Un grupo entra en conflicto, y hay amenaza de caos. Misteriosamente ocurre un movimiento espontáneo que une a todos contra alguna persona fácil de victimizar (es decir, que no puede tomar venganza). A aquella persona se la mata, e inmediatamente se restaura la paz. El grupo no puede percibir que es su propia violencia unánime la que ha producido la paz, porque esto sería reconocer la inocencia de la víctima y la naturaleza aleatoria, azarosa, de escogerla. De modo que se atribuye la paz mágica a la víctima que fue percibida como violenta y causante de todos los problemas mientras estaba con el grupo, y que, una vez expulsada, regala la paz al grupo. Conclusión: fuimos visitados por un dios, un dios ambiguo, antes terrible, ahora benéfico. Tenemos que establecer tres cosas para mantener la paz: primero, prohibir todos los tipos de comportamiento que llevaron al conflicto grupal (lo cual significa principalmente prohibiciones en especial contra todos los tipos de comportamiento imitativo que llevan al conflicto); en segundo lugar debemos repetir, en la medida de lo posible, la expulsión original que llevó a la paz, de modo que producimos un rito que consiste en una mímica bien controlada de una violencia masiva, que termina en la inmolación de alguna víctima, originalmente humana, posteriormente animal, y así sucesivamente. En tercer lugar debemos contar la historia de cómo fuimos visitados por los dioses y fundados como grupo y como pueblo: el nacimiento del mito.
            Esto significa que la prohibición social es esencialmente una forma violenta de protección contra la violencia, hecha posible por un asesinato; que el rito es esencialmente una mímica disfrazada de un asesinato, y que el mito es la historia de una muerte por linchamiento contado desde la perspectiva de los perseguidores. Ahora, todo este sistema de producir y mantener el significado, que puede verse en los ritos y mitos esparcidos por el planeta, depende de un solo elemento absolutamente indispensable. Es decir, una ceguera de parte de los participantes con respecto a lo que verdaderamente están haciendo al matar la víctima, o sea, una auténtica creencia en la culpabilidad de la víctima. Todo el sistema cultural, y todo lo que hay en él depende de esta ceguera, sin la cual no habría manera de resolver el conflicto, y las sociedades se autodestruirían.
            Hay, por supuesto, tan sólo una manera mediante la cual se puede llegar a percibir que una cultura entera está fundada en una mentira relacionada con un asesinato. Esto es cuando alguien con una percepción enteramente diferente, cuya percepción no está formada por su mentira, viene al grupo y les señala su ceguera. En el caso de nuestra historia humana, no ha habido sino una percepción contracorriente que es genuinamente diferente de todas las otras historias y mitos, y ésta es la historia judía, que consiste en el paulatino descubrimiento de la inocencia de la víctima. Lo podemos ver muy claramente si comparamos la historia de Rómulo y Remo -la de la fundación de Roma- con la de Caín y Abel y la fundación de la humanidad. En aquella dos hermanos indistinguibles pelean acerca de quién va a fundar Roma: organizan una competición para determinar quien ve primero una señal celeste. Remo vio algunos pájaros, y Rómulo luego vio otros pájaros más impresionantes. En la lucha que siguió, Rómulo mató a Remo y quedó como fundador de Roma. A Remo se le atribuía la culpa de impiedad hacia los dioses, y por eso Rómulo tenía razón al matarlo. En el libro del génesis hay dos hermanos indistinguibles, uno mata al otro y así funda la humanidad. De modo que las historias son idénticas: la Biblia y el mito están de acuerdo, las culturas humanas están basadas en el asesinato. Pero luego, con una estructura idéntica, hay una diferencia en la interpretación, y es toda la diferencia en el mundo. Dios le dice a Caín: "¿Dónde está tu hermano? Su sangre me clama desde el suelo". Es decir, el asesinato no es más que eso: un crimen sórdido, no justificable; y Dios está del lado de la víctima y no ayuda a mitificar el autoengaño de Caín.
Por supuesto, podríamos seguir por la Biblia y ver cómo, con frecuencia, es lo mismo que todos los mitos del planeta, con Dios apenas diferente de los dioses. Sin embargo, poco a poco se obra el proceso del descubrimiento de la víctima y de la subversión de la historia contada por los perseguidores, de modo que se hace cada vez más clara la inocencia de la víctima: ahí está la historia de José, el libro de Job, los extraordinarios "cantos del siervo" en Isaías. Poco a poco a Dios se le distingue de la violencia de los dioses, y se le percibe del lado de la víctima. Éste es el genio del judaísmo, y no tiene equivalente estricto en otro pueblo o cultura alguna. Se trata de lo que llamamos la "revelación": Dios revelándose al abrir nuestros ojos para que veamos lo que hacemos al sacralizar las víctimas; Dios revelándose por medio de la víctima inocente. En el AT nunca alcanzamos una plena revelación de la inocencia de la víctima, ni la plena separación de Dios de un involucramiento en lo sagrado, que es decir en la violencia engañadora. Aquella plenitud de revelación  ocurre sólo en la vida, muerte y resurrección de Jesús.
El NT es exactamente la misma historia de todos los mitos del planeta. Un tiempo de crisis, un intento de salvar la situación al producir la expulsión unánime de una víctima, y luego el linchamiento semi-legalizado de aquella víctima. La estructura es idéntica a la de muchísimos mitos e historias fundacionales que podrían examinarse. Hay una sola diferencia: exactamente la misma historia está narrándose desde la óptica inversa. Es la historia desde la perspectiva de la víctima. A la víctimas se la proclama inocente; se indica que fue la envidia lo que condujo a su muerte; cumplió una profecía de que lo odiarían sin causa, de que sería contado entre los transgresores sin causa. Su linchamiento no consigue producir una nueva paz y orden social, como lo habían esperado sus verdugos, con su magnífico lema: "Conviene que un solo hombre muera para que la nación no perezca". La mentira asesina está expuesta en su integridad.
No tan sólo eso, sino que es evidente que la víctima no fue "canonizada", por así decir, después de muerta: "Había sido una influencia mala, pero llegó a ser percibido como una influencia buena después". Más bien se llegó a percibir que él había sido bueno desde el comienzo, y que había conocido y entendido exactamente el mecanismo por el cual se le mataría, preparando a sus seguidores al respecto, y enseñándoles cómo evitar participar en tales movimientos linchadores. Les enseñaba, de hecho, cómo dejar atrás el ser conducido por el tipo de deseo imitativo conflictivo que vimos arriba, y les enseñó a la vez cómo tomar el lado de los excluidos, los victimables. Toda la teoría mimética está expuesta al revés por una sola persona.
La teoría mimética tiene, como acabamos de ver, tres "momentos" en un solo paquete. El "momento" del deseo imitativo triangular: cuando deseo un objeto a imitación del deseo de otro, y así entro en conflicto. Luego viene el "momento" del mecanismo del chivo expiatorio, por cuyo medio se resuelve el conflicto en un grupo humano por la expulsión unánime de una víctima. El "momento" final es la subversión a partir de dentro de este mecanismo universal por la lenta irrupción dentro de la historia humana de un "Otro" de tipo diferente del otro violento que normalmente forma nuestro deseo, culminando en la representación visible, la puesta en escena, de lo que aquel Otro verdaderamente es por un hombre que va a su muerte para des-encubrir la mentira fundacional.
La teoría mimética de René Girard, desde su elaboración, ha sido estudiada y aplicada a través de toda una serie de ciencias diferentes: la economía, la psicología, la etnología, la teología, la ciencia política, la crítica literaria, y otras. Nosotros la utilizaremos para nuestro ejercicio teológico de recuperación del testimonio apostólico. Para hacer eso tenemos que regresar a los primeros principios y preguntarnos qué es lo que hace posible esta historia, esta teoría, en primer lugar.
                                                       James Alison