miércoles, 27 de febrero de 2019

¿QUÉ ES ESO DEL PECADO ORIGINAL?


¿QUÉ ES ‘ESO’ DEL PECADO ORIGINAL?
Fr. Alejandro de Villalmonte, OFM Cap.

Para el gran cristiano y gran genio Blaise Pascal, el pecado original (PO) es el misterio más profundo y desconcertante que la religión cristiana ofrece a la mísera inteligencia humana.
En el siglo V san Agustín -el ‘inventor y doctor’ del PO, según se dice- afirmaba que el PO es un tema fácil para hablar, pero difícil de entender. En el siglo XVI, otro máximo defensor del PO, M. Lutero constataba: “Sobre el PO fabula la turbamulta de los teólogos de muchas maneras”. En la segunda mitad del siglo XX aparecieron numerosos intentos de reformulación de la vieja creencia. Algunas tan profundas que san Agustín o el concilio de Trento no sabrían cómo reconocerse en ellas. Un grupo creciente de teólogos católicos, tras haber estudiado histórica y críticamente el problema, al iniciarse el siglo XXI, ha llegado a la conclusión de que la ‘teología católica’ no tiene motivos para seguir defendiendo la vieja teoría del PO.
En medio de reformulaciones tan dispares, los que todavía siguen hablando del PO me parece que quieren decir en sustancia lo siguiente:
“Todo hombre, al entrar en la existencia, antes de cualquier ejercicio de su actividad consciente y libre, se encuentra ya en situación teologal de enemistad, de desgracia ante Dios, esclavo de Satanás, según terribles frases del concilio de Trento (DS. 511-512): en ‘pecado original’. En todo caso, esta realidad misteriosa del PO no puede ser expresada en una simple, única proposición, como podría hacerlo un Catecismo. Se trata de una auténtica ‘constelación de afirmaciones’ diversas, pero fuertemente articuladas entre sí. Para una más matizada comprensión del concepto integral del PO conviene distinguir estos cuatro cuerpos o grupos de afirmaciones:
-        Afirmación antecedente, presupuesto indispensable del PO es la llamada ‘teología de Adán’, es decir, la presentación del Adán de Gn 2-3 como individuo humano dotado de realidad histórica tan densa como la de Julio César o Pablo de Tarso; creado por Dios en ‘santidad y justicia’. El cual, Adán, con su enorme pecado, habría cometido el pecado ‘originante’ de la ruina espiritual de la raza humana.
-        Afirmación constituyente, el núcleo duro de la enseñanza, lo constituye la verdad que explícitamente recogíamos en la definición: “todo hombre entra en la existencia en situación teologal de pecado, en muerte espiritual ante Dios, reo de eterna condenación”.
-        Afirmación consiguiente, que se refiere al hecho de que, a consecuencia del PO, la raza humana queda transformada en ‘masa de pecado’, ‘masa de condenación’. Las miserias todas de la vida humana, y la perspectiva de la condenación eterna, son representadas como “castigo de Dios” por el pecado del primer padre de la especie humana.
-        El pecado original, como pecado permanente. Ciertos grupos cristianos (los protestantes) lo presentan como pecado imborrable, connatural al existir humano. Los católicos dicen que el PO, borrado en su formalidad de pecado por el bautismo, permanece, sin embargo, en sus efectos, en su influencia nefasta. Especialmente en la desenfrenada concupiscencia a la que, en forma extremosa, san Agustín llama “dura necesidad de pecar” (peccandi dura necessitas). Fuerza maligna, raíz e irrestañable fuente de los pecados, individuales y sociales.

Convendría mucho no olvidar las anteriores matizaciones sobre el amplio campo semántico del lexema ‘pecado original’. Porque, hablando de la influencia que el dogma del PO ha ejercido sobre la cultura occidental, tal influencia puede afectar a uno de los aspectos señalados y no al otro. Porque el concepto de PO no puede restringirse a una frase de Catecismo (el de G. Astete) que dice que el PO es “aquel con el que todos nacemos heredado de nuestros primeros padres”. Hay que tener en la mente ‘la constelación de afirmaciones’ que acabamos de describir.
El fenómeno global del PO, podría verse simbolizado también en la figura de ‘El Pecado’, de que habla Pablo (Rm 5-7): símbolo, personificación, prosopopeya de las fuerzas malignas que operan en la historia humana, que penetra subrepticiamente en el mundo y tiraniza a los hombres, hasta que Cristo los libera.

El omnipresente pecado original

«En medio de la noche,
mil perros ladrándole a una sombra
la convierten en una realidad»
                                               (Proverbio árabe)

Esta figura y la de su gemela, la triste figura del ‘hombre caído’ (homo lapsus), ya en sí mismas, ya las afirmaciones colaterales que las acompañan como al viajero su sombra, gozan de una que llamaría ‘omnipresente influencia’ en el campo del sistema cristiano de creencias y en el campo de la cultura occidental, desde hace más de quince siglos. Anticipo algunas ‘autoridades’ que confirman nuestra apreciación sobre la importancia primera de la teoría del PO dentro del sistema cristiano de creencias.
Ya en 1967 el gran escriturista H. Haag escribía estas palabras: “Después de que, durante mil quinientos años, la Iglesia occidental se ha mantenido fiel a la tradición erróneamente introducida por Agustín, la despedida del PO llega hoy realmente no demasiado tarde, sino más bien tarde”. Y allí mismo: “Si eliminamos la doctrina del PO, (como él hace) no eliminamos únicamente un capítulo del Catecismo, habría que escribirlo todo de nuevo”. Y el teólogo I, Willig: “La revisión de la doctrina del PO implica la revisión de todo el sistema teológico”.
Afirmación nada sorprendente para quien recuerde que la mayoría de los teólogos cristianos ponen el evento de la ‘caída/pecado original’ como el gozne sobre el cual gira una llamada ‘actual’ economía e historia de salvación; eliminada la paradisíaca originaria. Una visión de la economía e historia de salvación ostensiblemente ‘hamartiocéntrica’: centrada en ‘El Pecado’, que provocó su puesta en marcha y la califica con su multiforme presencia e influencia a lo largo de los siglos.
El teólogo reformado P. Ricoeur, que ha estudiado como nadie en la época actual en gran tema del PO, sintetiza su pensamiento en estas enfáticas palabras: “Nunca podrá exagerarse el daño que infligió a las almas durante los primeros siglos de la Cristiandad, primero, la interpretación literal de la historia de adán, y luego, la confusión del mito, como episodio histórico, con la especulación posterior, principalmente agustiniana, sobre el pecado original. Al exigir a los fieles la fe incondicional a este bloque mítico-especulativo y obligarles a aceptarlo como una explicación que se bastaba a sí misma, los teólogos exigían un ‘sacrificium intellectus’, cuando lo que tenían que hacer en este punto era estimular a los creyentes a comprender simbólicamente, a través del mito, la situación actual”.

¿Podemos seguir hablando del PO? Tal vez la gente cristiana tiene hoy día escaso interés en hablar del PO. O lo reducen todo a recordar el mito del paraíso, sus entretenidos personajes y eventos. Si bien parece que en algunos grupos de tendencia conservadora, integrista, fundamentalista, sí que les gusta seguir hablando sobre el PO con el lenguaje de hace siglos. Grupos tal vez demasiado afectados por cierta 'difusa, colectiva neurosis de culpabilidad', que viene de lejos en el 'cristianismo occidental', según se irá viendo. Y que busca cobertura teológico-pietista en la teoría del PO.
En el curso 1966-1967, iniciaba mis lecciones como profesor de Antropología Teológica en la Universidad Pontificia de Salamanca. Tenía la obligación profesional de mantener la enseñanza tradicional y dogmática sobre el PO. Mi antecesor en la cátedra y el ambiente general eran de plena y hasta rígida ortodoxia en este punto. Yo, personalmente, había llegado a la convicción de que la doctrina tradicional sobre el PO era del todo insostenible. Tomé la aventurada decisión de explicar en clase mi opinión contraria a la doctrina del PO. Para mi gobierno personal hice este razonamiento: si, por negar la doctrina tradicional sobre el PO, me han de retirar la facultad de enseñar, mejor será que me priven de ella ya en el primer año. Pero no fue así. Seguí exponiendo mi convicción durante varios cursos, sin que las autoridades académicas me molestasen por este motivo. En este espacio de tiempo, por tres veces estuve en la Universidad Católica de Lisboa, como profesor invitado. También aquí expuse mis convicciones sobre el PO. Más matizadas, pero también más aplomadas. En una reunión de los profesores de la Facultad de Teología se discutía monográficamente mi propuesta sobre el problema del PO. La propuesta fue discutida con detención. Pudo haber división de opiniones. Pero no se manifestó una oposición de fondo por parte de nadie.
Como complemento y reafirmación de mi docencia en la Universidad Pontificia, y con posterioridad a ella, publiqué sobre el PO numerosos artículos y dos libros.

“Ninguna religión, dice Pascal, excepto la nuestra, ha enseñado que el hombre nace en pecado; ninguna secta de filósofos lo ha dicho; ninguna, por lo tanto, ha dicho la verdad”. Esta afirmación tan grávida de contenido y revestida de la solemnidad de un apotegma, conviene encuadrarla dentro del contexto general de todo el cristianismo de su autor. La doctrina del PO es una de las bases firmes del pensar y del vivir del gran genio y gran creyente que fue Pascal. Su crítica de la filosofía y su apología de la revelación; su figura de Cristo a todas luces hamartiocéntrica en su misión salvadora; su antropología centrada en la reflexión y vivencia de la “miseria” humana; su religiosidad indudable está impregnada del sentimiento de culpa proveniente del hecho del PO. Se ha podido hablar de ella por alguno de sus admiradores como de ‘la religión triste de Pascal’ (L. Kolakowski). Sin embargo, con el debido respeto a un hombre genial y profundamente religioso, me permito expresar mi disconformidad radical con el citado texto pascaliano. Cuando el Cristianismo ‘occidental’ ha dicho a los hombres que nacen en PO, no les ha dicho la verdad sobre lo que el hombre es ante Dios. La verdad es que el hombre no nace en pecado, sea ‘original’ u otro: nace en amistad de Dios, acogido a la Gracia que lo eleva de su ser creatural y le confiere un nuevo ser en Cristo. La enseñanza sobre el PO, lejos de ser un motivo de ‘gloria’ y excelencia sobre las demás filosofías y religiones, debería buscar la forma de defenderse ante la humanidad por el hecho de haber proclamado durante siglos, en forma infatigable y solemne, que el hombre nace en PO. En vez de decir la verdad: que nace como hijo de Dios en Cristo, en el paraíso y en la casa del Padre. En ese punto, la verdadera excelencia del Cristianismo sobre las demás religiones y filosofías debe fijarse en que, al dirigirse al hombre, sólo esta religión puede darle la Buena-Nueva de que inicia su existencia en la tierra acogido-ya a la amistad con Dios, elevado-ya a la dignidad de hijo de Dios transformado su ser natural en nuevo ser en Cristo. Y las demás filosofías y religiones nada saben de este grato mensaje.

El obispo de Hipona, Agustín, inventó el PO, al que Lutero, con su idea de la predestinación, negando toda libertad humana, abocaría al nazismo -esa idolatría de la nada sustentada en razas y nacionalismos- sin otro fin que la aniquilación del género humano: “perdona, es mi naturaleza, -le dijo el escorpión a la rana, que lo llevaba de una orilla a otra, tras clavarle su aguijón en mitad del río-…”.
¿Qué haremos con todos eso maestros que no saben hacer otra cosa que suspenderse a sí mismos? Tenemos un cascabel y conocemos al gato, ¿debería hacerlo un solo ratón?...
Al principio del siglo XXI el PO es cosa de los “muy cafeteros”, quizá por eso anden como andan de los nervios… cosa que tiene muy poco que ver con la historia de la salvación, ni con la revelación, si no es para mostrar que por ahí no es.
 

(Cristianismo sin pecado original; El Pecado y la Gracia en la cultura occidental. Visión franciscana del hombre; Fr. Alejandro de Villalmonte, OFM Cap.)

viernes, 2 de noviembre de 2018

CRISTO, EL CAMPESINO Y EL BUEY...1. - BÚSQUEDA DEL BUEY
















1.- BÚSQUEDA DEL BUEY 

Sólo vemos al campesino que busca. Esto quiere decir: el hombre se ha dado cuenta de que le falta algo y que no debe vivir al día sin más, como un animal, si de verdad quiere ser un ser humano.
“Hay que encontrar al buey”, y sin embargo, la actitud del campesino es la del que está desorientado y abatido entre las criaturas: caminando hacia delante pero mirando atrás, rodeado de ruidos y alicientes que apremian a los sentidos a diestra y siniestra... Pese a todo él camina con una fuerte convicción interior: “Tengo que encontrar a mi buey, por eso camino”.
La primera etapa de la búsqueda es dura y exige una voluntad inquebrantable de encontrar el buey o la casa paterna. Las trampas aparecen por todas partes, caminos bifurcados, encrucijadas que estimulan muchas veces al caminante a mirar atrás. La historia occidental del ciervo almizclero, que desde pequeño buscaba el perfume que emanaba de la bolsa escondida en su propio pecho, resulta todavía más drástica y menos dualística. Trata el ciervo de descubrir su tesoro (su perfume interior) sin saber nunca bien cómo hacerlo. El ciervo muere en medio de su fatigosa búsqueda, cayendo precipitadamente por un barranco y encontrando, demasiado tarde, la respuesta tan deseada: de su pecho desgarrado brota por fin el perfume anhelado. La fuente preciosa del perfume estaba dentro, no fuera de él.
Después de cierto vagabundeo, más o menos largo, dependiendo del tipo de individuo, llegará una cierta crisis a causa de la cual aparecerá evidente la inutilidad de la búsqueda mental.
Esta crisis puede conducir hasta una encrucijada definitiva: abandonar la búsqueda y transformarse en un cadáver ambulante entre las cizañas del mundo, o dejar de buscar sólo con la mente e ir más allá. El campesino debe estar decidido a encontrar a su buey a toda costa. Será necesario emprender un camino de meditación silenciosa, no conceptual, sin discursos ni reflexiones mentales. Dudas y motivaciones para abandonar la empresa no faltarán...

(Mariano Ballester s.j. & Co.f.m.)

CRISTO, EL CAMPESINO Y EL BUEY...2. - DESCUBRIMIENTO DE LAS HUELLAS









2.- DESCUBRIMIENTO DE LAS HUELLAS

El campesino descubre las pistas del buey, es decir, el creyente lee en las sutras, las Sagradas Escrituras, y escucha sermones sobre la ley de Buda. Como lo uno y lo otro han surgido del satori, son de algún modo las pistas del rastro del satori.
Por algún motivo llega un momento en que se sabe que se está mirando en la dirección adecuada. Este segundo dibujo indica esto precisamente. En contraste con el anterior, donde antes estaban las diversas imágenes de la naturaleza, ahora hay un sencillo espacio limpio que deja ver, claras y rotundas, las formas más importantes a distinguir: las huellas del buey.
Todo tiene la dirección adecuada, hasta la nubecilla (que podría representar los tímidos pensamientos que todavía hacen en la mente un poco de ruido) está orientada hacia las huellas del buey. El cuerpo del campesino se mueve con velocidad y ligereza, mientras que las manos empuñan firmemente los instrumentos de la disciplina: el látigo y la cuerda (elementos ascéticos, típicos de las etapas preparatorias a la fase iluminativa).
El primer elemento que se transparenta en este segundo dibujo es el desprendimiento. Desprendimiento de todo lo que antes impedía avanzar velozmente por el camino. Ya no existe la posesividad y el apego a la creación... ¡y precisamente por esto la creación desvela al campesino el secreto de las huellas!
Desprendimiento no quiere decir frialdad, falta de amor o todavía menos desprecio o drástico rechazo: significa sencillamente libertad de los vínculos propios del apego desordenado y subordinación de las criaturas a la última meta. De ese modo las criaturas, no sólo no serán obstáculo, sino que se convertirán en signos a través de los cuales las huellas del buey serán perfectamente visibles.
Uno de los signos más claros del descubrimiento de las huellas es la sencillez en la vida del meditante. El dibujo se reduce a lo esencial: mirar y caminar decididamente hacia la dirección justa. La sencillez, la reducción de todo a lo único necesario, es una de las peculiaridades del crecimiento en el camino de la meditación silenciosa.
Posiblemente el elemento más precioso contenido en el segundo dibujo es el despertar de la intuición. La fe intuye al buey cercano, aunque todavía este oculto. Es como el trabajo del escultor quitando del bloque de piedra lo que le sobra a la escultura, o del que se pierde en el bosque buscando la rama o el tronco que contenga en su interior lo que está buscando. A veces se despierta esta capacidad intuitiva precisamente después de mucho vagabundear entre la maleza. El meditante se pregunta: “Pero ¿por qué sigo siempre buscando tontamente las mismas cosas que nunca me satisfacen?
La intuición puede abrirse incluso antes de empezar un camino de silencio meditativo, pero en todo caso no faltará si se es constante en la práctica silenciosa. Ni siquiera las distracciones molestarán como antes y habrán perdido su carácter de malezas, porque el meditante habrá aprendido a dejarlas pasar, sin identificarse con ellas, y así se irán convirtiendo en la exigua y tenue nubecilla sobre la cabeza del campesino: le sigue, pero no le molesta.
Pese a todo, y aunque parezca en contradicción con lo anterior, hay que hacer notar que las huellas pueden descubrirse también a través de una cierta enseñanza conceptual: “Estudiando los sutras y desentrañando el sentido de las enseñanzas, el campesino puede ahora captar intelectualmente el sentido de la verdad: ha divisado las huellas”.
Las enseñanzas son un arma de doble filo: pueden ayudar al despertar o impedirlo. Con la Escritura en la mano se puede comprender el verdadero sentido de la revelación o se puede forzar, obstaculizar con razonamientos y hasta extraviarlo. Con la Escritura en la mano y una cierta habilidad mental, los sacerdotes condenaron a Cristo por blasfemia, y a través de los siglos se han perpetrado infamias: los inquisidores quemaron en las plazas a las brujas y los cruzados mataron a los musulmanes en nombre de Cristo.
El verdadero objetivo de las enseñanzas es despertar el misterio en ti, el tesoro y la revelación que yacen escondidos en ti, el grano de mostaza que empieza a despuntar en ti, las huellas que se extienden rotundas frente a ti. Si la enseñanza no sirve para esto, si es buena solamente para sobrecargar y desorientar la mente, entonces no es verdadera enseñanza.
Desde el primer dibujo lleva consigo el campesino los dos instrumentos típicos de la disciplina: el látigo y la cuerda. Látigo y cuerda no pueden faltar, especialmente en los primeros estadios de la aventura hacia el despertar. Nunca habrá una verdadera conquista, un verdadero nuevo nacimiento sin una seria y prolongada disciplina.
La tradición cristiana cuenta siempre con ayuda de la gracia y subraya este aspecto en todo verdadero camino de desarrollo espiritual. Sin gracia no puede haber verdadero crecimiento y verdadero descubrimiento, porque son dones del Maestro Interior, es decir, del Espíritu.
Sin embargo la gracia, al ser precisamente pura gratuidad y amabilidad divina, está siempre ahí, a nuestro alcance, pero requiriendo que alguien extienda la mano y abra la puerta al que llama y quiere entrar para ofrecernos su don (Ap 3,20). Ahora bien, será imposible escuchar al que llama, y también abrir la puerta, sin la práctica regular de una cierta disciplina.

(Mariano Ballester s.j. & Co.f.m.)

CRISTO, EL CAMPESINO Y EL BUEY...3. - DESCUBRIMIENTO DEL BUEY









3.- DESCUBRIMIENTO DEL BUEY

El campesino ve la forma del buey desde lejos y no muy clara. El ejercitante ha descubierto como en una luz crepuscular su propio yo mismo original, rozando las raíces de todo en un primer satori. A partir de ahora los sonidos de la naturaleza, como por ejemplo el trino del ruiseñor, de vez en cuando despiertan el recuerdo del verdadero yo mismo. Significativamente el trino del ruiseñor japonés se expresa de forma onomatopéyica hô keykô, que quiere decir lo mismo que "sutra de la flor de la ley (de Buda)".
El buey empieza a mostrarse a los ojos maravillados del campesino: estamos, por tanto, en los comienzos de la iluminación. Es interesante observar la psicología manifestada en los tres primeros dibujos a través del rostro y de las actitudes del campesino. En el primer dibujo él es todo confusión y duda: camina adelante, mirando, sin embargo, atrás; el segundo dibujo nos lo muestra en una especie de exultante tensión hacia la meta; el tercero es la imagen de un primer reposo causado por el imprevisto encuentro con el buey, y al mismo tiempo los rasgos del rostro reflejan los signos de una asombrada sorpresa. Cuerda y látigo no impiden este armonioso y gozoso descubrimiento.
El primer iluminado de la tradición budista, el propio Buda, alcanzó su despertar contemplando la estrella de la mañana. Si bien los momentos de satori surgen en medio de las circunstancias más variadas, los casos de iluminación en contacto con la naturaleza puede que sean los más frecuentes, tanto en oriente como en occidente: un novicio budista japonés tuvo su satori mientras paseaba por el jardín del monasterio y precisamente en el momento de tropezar en un desnivel del terreno. Un campesino recibió la iluminación mientras sacaba agua de un pozo, un poeta mientras escuchaba el sonido el agua de un torrente, otro al oír el sonido de una piedra que golpeaba una caña de bambú.
Puede que la palabra “abrirse” sea clave en el descubrimiento del buey. Cuando después de un largo proceso de silencio y de limpieza de los hierbajos, la mente zen está límpida y preparada, el satori llega como un total desplegarse. “¡Aquí no puede esconderse ningún buey!”. Porque todas las dificultades que han precedido al encuentro con el buey proceden de obstáculos mentales que encerraban al campesino dentro de su mundo engañoso.
Hablando de iluminación, dice un maestro del siglo VII a su discípulo: “Es como si buscases al buey sobre el que vas sentado”. “Buscar las gafas que llevas puestas” diríamos hoy. En esta metáfora aparece netamente el carácter no-dualístico del descubrimiento iluminativo: la propia naturaleza original. El buey y el que lo monta son una sola cosa.
“El satori se sustrae a toda categoría, a toda conceptualización, el lenguaje no puede dar una idea de él. El satori no se puede aprender, o recibir, de ningún otro. Hay que hacer la experiencia por sí mismo”.
Estas experiencias, y especialmente la iluminación, no se pueden describir de modo que el inexperto comprenda, por consiguiente, las mejores respuestas son las paradójicas.

(Mariano Ballester s.j. & Co.f.m.)

CRISTO, EL CAMPESINO Y EL BUEY...4. - CAPTURA DEL BUEY








4.- CAPTURA DEL BUEY

Caza el buey, pero éste todavía es arisco. El hombre ha llegado a la iluminación, pero aún no es perfecto. Subsisten bastantes errores, que han de ser eliminados por el conocimiento de la verdad, así como pasiones desenfrenadas; de ahí que lleve razón el refrán que dice: "Si quieres tener la paz verdadera, usa el látigo".
Todo es lucha y drasticidad. La inmensa mole negra del buey parece querer escapar completamente de las manos de su dueño, mientras el pequeño campesino intenta con todas sus fuerzas no soltar la presa, aferrando firmemente la cuerda con ambas manos, las piernas abiertas y los pies férreamente clavados en tierra y dirigiendo toda la fuerza de su cuerpo en dirección opuesta al buey. Hay dos signos inconfundibles que refuerzan la gran tensión: la cola estirada del buey en posición de alerta y la tensísima cuerda del campesino. Es un momento dramático, pero una decidida afirmación del campesino prevalece como resultado del conflicto: “¡lo agarro!”
Es el choque entre dos mundos que antes vivían ignorándose mutuamente o se hacían la guerra fría con un total y recíproco desinterés. Ahora estos dos mundos descubren que siempre han estado juntos y que ya nunca serán las cosas como antes, ni podrán continuar felizmente separados.
La lucha entre el campesino y el buey y la lucha entre el verdadero y el falso yo, entre luz y tinieblas, verdad e ilusión. En esta batalla deben insertarse todas las descripciones de las noches místicas, los miedos a lo desconocido en el viaje espiritual, las dudas y problemas de fe, que asaltan muchas veces a los meditantes que han llegado a esta etapa, y las tentaciones de abandonar y de volver al mundo de antes fácil y “normal”. El meditante zen debe atravesar por estados de angustia hasta llegar a la solución de un koan o a abrir su mente a la realidad firme y definitivamente:

“Ni budas, ni dioses
para mí vientos de otoño”

“En la noche dichosa,
en secreto de que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía,
sino la que en mi corazón ardía.
Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.
¡Oh noche que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!”. (San Juan de la Cruz)

Isaías 65,1“Me he dejado consultar por los que no me preguntaban, me he dejado encontrar por los que no me buscaban. Decía: Aquí estoy, aquí estoy, a una nación que no invocaba mi nombre”.
Para entrar en el nuevo mundo, en el Reino, hay que volverse como niños. Volverse como ellos, ¿en qué? La clave es siempre la ausencia de prejuicios, la flexibilidad y la total apertura y limpidez mental.
El niño se abre a la experiencia como viene, sin presuponer cómo será, sólo quiere crecer, abrirse a la vida, aprender de ella, aceptarla y acogerla sin ponerle etiquetas. Si llega el dolor y el sufrimiento, se acepta como una nueva experiencia, se aprende de ella y se crece con su colaboración. Si llega la alegría, se aprende y se crece igualmente.
 “El niño mira todo el día las cosas sin pestañear; esto sucede porque sus ojos no se concentran en un objeto concreto. Camina sin saber a dónde va, y se detiene sin saber lo que hace. Se sumerge en las cosas que le rodean y avanza al mismo tiempo que ellas. Estos son los principios de la higiene mental”.

(Mariano Ballester s.j. & Co.f.m.)

CRISTO, EL CAMPESINO Y EL BUEY...5. - DOMAR EL BUEY








5.- DOMAR EL BUEY

Ahora el buey sigue dócilmente a campesino, que le lleva de las riendas. Con respecto a esto se cita el verso "En las montañas no existe calendario". Hay que entrenarse todos los días, hasta ser capaz de andar por el gran camino del Cielo y de la Tierra.
Este quinto dibujo muestra la sumisión del buey a su dueño. Ambos caminan en armonía hacia la misma dirección, ha desaparecido la tensión provocada por la oposición de fuerzas en la lucha anterior... ¡El buey está domado! Sin embargo, como buen domador, el campesino todavía no afloja la cuerda y el látigo, ambos son símbolo de una disciplina que en la práctica nunca debe descuidarse.
Uno de los más importantes menesteres de un maestro zen es el de ayudar al discípulo que ha encontrado al buey a conservarlo bien domesticado El don del satori y la novedad de existencia que comporta para el meditante, se han de custodiar siempre.
La esencia de la disciplina que domestica cada vez más al buey es la conciencia, la continua y consciente presencia del momento existencial presente. Taisen Deshimaru respondió a un discípulo que le pedía aclaraciones sobre el aquí y ahora practicado en la vida cotidiana: “Cuando hay que pensar se piensa. Se piensa aquí y ahora, se hacen planes aquí y ahora, se recuerda aquí y ahora. Cuando escribo mi biografía, pienso en el pasado. Cuando tengo que hacer proyectos pienso en el futuro. La sucesión de los “aquí y ahora” se vuelve cósmica y se extiende hasta el infinito”.
El iluminado trata de extender su presencia consciente conservando en la vida cotidiana la luminosidad y limpidez de su nueva conciencia. ¡Toda le energía del buey, ahora armónica y en total consonancia con su dueño produce una irradiación que nos es posible esconder!
Cuanto más ayudan el látigo y la cuerda al iluminado, más se separa de la confusa ilusión, fruto del incesante flujo y obstáculo de los pensamientos. La continua conciencia, sin impedimentos, hace crecer cada vez más la armonía entre el buey y el campesino: “Entonces, sin trabas, obedece a su dueño”.

“Ya no vivo yo, pues es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20)
“Pues para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia” (Flp 1,21).

(Mariano Ballester s.j. & Co.f.m.)

CRISTO, EL CAMPESINO Y EL BUEY...6. - CABALGAR EN EL BUEY HACIA CASA









6.- CABALGAR EN EL BUEY HACIA CASA

El campesino vuelve a casa montado en el buey y va tocando la flauta. El yo mismo que andábamos buscando y nuestro corazón en búsqueda han llegado a hacerse uno. Más aún: el corazón y el mundo han llegado a hacerse uno. Pues hemos de convertir este mundo presente en el que debería ser, en un mundo de paz. Pero esto solo es posible si se capta la verdad.
El motivo central de este dibujo es la danza y la alegría, fruto del fin de la lucha. Desaparecen por primera vez de las manos del campesino látigo y cuerda y en su lugar aparece una flauta que “salmodia en las sombras de la tarde”. Estado sin violencia, sin desarmonía, al estar en completo acuerdo el buey y el campesino.
Sin embargo hay que distinguir entre alegría y alegría, entre danza y danza. La alegría de la que se trata en este caso es la derivada de la iluminación, de haber alcanzado la intuición del ser y de la apertura de conciencia a la percepción transparente de la realidad sin obstáculos. Es la alegría de los místicos, de la vía unitiva en la mística occidental, no la de los principiantes.
Enomiya-Lassalle cuenta la alegría entre los frutos de la profundización de la meditación zen, que se pueden gustar incluso antes de la iluminación: “El quinto fruto es una armoniosa alegría interior, que produce una satisfacción constante y tiene como consecuencia el gozar de todo lo que es bueno y bello, por así decir, con todo el ser”.
“Ahora ve y vende cuanto tienes, compra este campo y busca el tesoro escondido. Lo que tú deseas en el mundo, lo que temes perder en el mundo, deshazte de ello con alegría por la libertad del corazón. Y cuando hayas comprado el campo, cava profundamente, alegremente, como los que destierran un tesoro... Pero hay que buscar el tesoro en profundidad, porque la verdad se encuentra oculta”.

(Mariano Ballester s.j. & Co.f.m.)