viernes, 2 de noviembre de 2018

CRISTO, EL CAMPESINO Y EL BUEY...7. - SUPERACIÓN DEL BUEY







7.- SUPERACIÓN DEL BUEY 

El campesino solo, sin el buey. Ya no hay ni deseo ni no-deseo. Hemos entrado plenamente en el mundo del muji, el mundo de la gran paz. Ya no hay oposición entre vida y muerte, alegría y dolor, ni entre ninguna otra cosa. Este estado se llama mu-ga (literalmente no-yo). Quiere decir que el yo mismo y el corazón se han hecho uno.
En este dibujo se indican dos conceptos esenciales: la completa tranquilidad meditativa del campesino y el olvido del buey. La serie de dibujos anteriores nos ha mostrado constantemente una dualidad en la conciencia del campesino. En los dos primeros él se identificaba con su pequeño yo empírico de tal modo que no se percibía a sí mismo. Del tercero al sexto se percibe el satori, indudablemente, pero dentro todavía de una cierta dualidad sutil: el buey y el campesino se encuentran separados. Del séptimo en adelante, el campesino está tan unido al buey que hace desaparecer toda dualidad como experiencia separada; el buey se ha disuelto en la gran armonía de la unidad.
El buey, de algún modo, era solamente una especie de reclamo en el camino de la realización. Ahora, en cambio, hasta el buey queda superado junto a otros esfuerzos disciplinarios anteriores:
“Estoy sereno y el buey también puede descansar”
Podría decirse que la serenidad del campesino y la del buey en reposo son idénticas; por lo tanto el mensaje esencial de este dibujo se refiere al sosiego y al silencio contemplativo y armonioso que emana.
Al fondo y en lo alto brilla la luz del dharma, como una luna (otros dirán un sol) que ahora se extiende por todas partes comunicando luz y significado a toda la existencia. El dharma ha llevado al conocimiento propio, a dejar caer toda falsedad. La realidad aparece límpida y transparente, como un continuo nuevo día: ¡ha llegado el alba!

“La noche sosegada
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora”. (San Juan de la Cruz)

(Mariano Ballester s.j. & Co.f.m.)

CRISTO, EL CAMPESINO Y EL BUEY...8. - SUPERACIÓN DEL BUEY Y DEL SE






8.- SUPERACIÓN DEL BUEY Y DEL SE 

Ningún campesino ni ningún buey, sino solo un círculo vacío. No existe el apego a nada, y en este sentido no existe ni error ni satori, ni Buda ni hombre, ni Tierra Pura (paraíso) ni no Tierra Pura. Ni siquiera existe el olor de satori, y aún menos una sombra de error. El que ha renunciado a todo, pero es consciente de su renuncia, todavía no ha renunciado a todo. En este etapa el ser humano se ha convertido en alguien que está por encima de todos los opuestos.
            Todo ha ido desapareciendo paulatinamente, hasta este dibujo en que desaparecen todas las formas y no hay más que un círculo vacío. Todo se pierde en la nada.
La Nada o el Vacío es el gran misterio y al mismo tiempo el gran mensaje del Budismo. Esencia y fenómeno son la misma cosa: vacío, vacío absolutamente más allá de toda dualidad. En este sentido se puede decir que, para explicar la iluminación, la palabra “experiencia” no es correcta, porque cuando hay verdadera iluminación no hay yo, ya que mientras hay un yo que experimenta dualísticamente algo no puede haber verdadero satori.
Por lo tanto, estamos en plena vía paradójica, vía que verdaderamente también conocían los cristianos de oriente y de occidente. Sin embargo para los individuos pertenecientes a la cultura occidental que se disponen a tratar este tema, se presenta, sin duda, una dificultad objetiva; porque mientras en el zen, entendido como cultura, no es impropio expresar el pensamiento a través de una contradicción, en cambio, en la cultura occidental la contradicción es absolutamente un no-valor, algo que hay que evitar a toda costa, el punto débil que los escolásticos medievales buscaban descubrir con todos los medios y argucias en los razonamientos de sus adversarios.
Así, hablar del vacío como supremo ideal y consecución le suena a un occidental a pura y absurda contradicción: ¡natura horret vacuum! A un buen cristiano, firmemente anclado en las sanas tradiciones de la Iglesia, sonaría a blasfemia oír decir algo como “el Reino de los cielos es puro vacío”.

(Mariano Ballester s.j. & Co.f.m.)

CRISTO, EL CAMPESINO Y EL BUEY...9. - LLEGAR A LA FUENTE









9.- LLEGAR A LA FUENTE

Un paisaje. El mundo, del que el ser humano procedía cuando emprendió el camino de la iluminación, ha seguido siendo el mismo, como tampoco ha cambiado el paisaje en el que el campesino andaba buscando a su buey. Pero para él si es diferente ahora, por cuanto ya no está perdido en el mundo, apegado a él, sino por encima de él. La meta del Zen no es aislarnos de los hombres y abandonar el mundo para pasar el resto de la vida como un árbol seco inútil, satisfecho de sí mismo, sino vivir en medio de este mundo cambiante e inestable, libre de toda esclavitud derivada de prejuicios y tendencias egoístas.
            Un árbol en flor (“las flores son rojas”) hunde sus raíces en las frescas aguas de un río tranquilo, mientras en primer plano revolotea un pájaro lleno de alegría de vivir. Aquí no existe ya nadie que contemple el paisaje, porque no existe un pequeño yo que se considere tan importante como para entrar a formar parte de la escena dualísticamente. El iluminado es tan límpido y transparente que se hace pura contemplación, desligado del mundo de las formas, sin identificarse con las formas que contempla, situado en su punto de origen, en su casa.
“¡Ha habido que recorrer demasiado camino para volver a los orígenes y a la fuente!”.
En este solo verso está contenido el sentido entero de la vida humana: ¡Volver a casa! ¡Comprender el origen y la misteriosa fuente que mana en las raíces de toda vida! El largo camino meditativo ha servido para abrir los ojos del hombre, para purificarlo y hacerle comprender.
En la última frase del texto chino del poema se encuentra el vigésimo hexagrama del I Ching que corresponde a La Contemplación: “La ablución ha tenido lugar, pero aún no la ofrenda, confiados, elevan a él su mirada”, indicando la purificación de una mirada limpia que se alza espontáneamente hacia el último secreto, hacia el sentido de todo. El nombre chino del signo, con una ligera variación de acento adquiere una doble connotación. Por un lado significa el contemplar, por otro el ofrecerse a la vista, el modelo.
Tales ideas son sugeridas por el hecho de que el signo puede ser concebido como imagen de una torre, como las que se veían con frecuencia en la antigua China. Desde esas torres o atalayas se abarcaba una amplia perspectiva en derredor, y por otra parte, una torre de ese tipo situada sobre una montaña, era visible desde lejos. De este modo el hexagrama simboliza aun soberano que hacia lo alto contempla la ley del Cielo, y hacia abajo las costumbres del pueblo; pero que, además, dado su buen gobierno, constituye un elevado modelo para las masas.
El acto sacrificial comenzaba en China con una ablución y una libación, con lo cual se convocaba a la divinidad. Luego se ofrendaban los sacrificios. El lapso que media entre ambos actos es el más sagrado, pues es el momento de máximo recogimiento interior.
Así, después del recorrido meditativo a través de caminos de distinta longitud, vueltas y revueltas, según la propia diversidad de cada buscador, finalmente surge el Punto Clave, y el meditante, paradójicamente disuelto y anulado en Él, contempla sorprendido la existencia de toda su casa. Humilde, transparente, completamente inocente, como un niño en medio del primer día de la creación, puede reír, bailar y gritar el milagro continuo en el que se mueve: “¡Oh maravilla, milagros por todas partes!”
Hemos llegado así a la culminación simbólica del camino meditativo, que se inició con la búsqueda de un misterioso buey. Podríamos decir que todo acaba aquí. Pero pretender que la búsqueda del buey es fin en sí misma y termina en el retorno al punto de origen, sin añadir más, sería un grave error. También en este caso, tanto el budismo como el cristianismo están en sintonía respecto al último paso, que se manifiesta en la absoluta donación de sí mismo y en la armonía expansiva con lo creado. Es el paso del altruismo, del amor universal e incondicional hacia los demás, y de la verdadera caridad cristiana.
El campesino, desde la profundidad de su punto original, sabe que su viaje no puede acabar así: ve a los hermanos como reflejos de sí mismo, y advierte que ciertos rasgos de sus miradas y la ansiedad de sus quehaceres diarios revelan el drama que un día le hizo emprender su caminata, el viejo drama de la humanidad: ¡Han perdido a su buey!
Entonces el campesino decide regresar al mercado del mundo.

(Mariano Ballester s.j. & Co.f.m.)

CRISTO, EL CAMPESINO Y EL BUEY...10. - REGRESO A LA PLAZA DEL MERCADO








10.- REGRESO A LA PLAZA DEL MERCADO

El iluminado va a la ciudad, el lugar de los hombres. Llegar a ser Buda significa, llegar a ser un hombre de verdad, es decir, un ser humano que por medio de entrenamiento ascético ha madurado hasta llegar a ser una personalidad en plenitud y que ayuda también a otros a llegar a ser verdaderos hombres.
Esta última tabla, más que señalar el término del sendero místico, indica el inicio de otros muchos nuevos senderos. Tanto el dibujo como su título expresan el regreso del campesino en medio del mundo de ilusión, con el propósito de despertar a los que viven inmersos en la ilusión.
El iluminado aparece relajado y tranquilo, con los brazos abiertos en señal de desprendimiento y donación, grueso y lleno de energía, y al mismo tiempo disponible para un agradable encuentro y dispuesto a conversar con los demás. ¿Podría ser también, el iluminado, el campesino que lleva el pez que ha mordido el anzuelo?...
Según Migi Autore, esta posible vaguedad de contornos sería intencionada:
“No esperemos claridad en los textos zen, todo se deja a la resonancia interior de cada uno, esta es la función y la belleza de la metáfora, el encanto poético de las antiguas historias simbólicas de todos los tiempos y lugares. (...) Además, los dos personajes del último icono podrían ser el mismo personaje, que, continuando el extraño juego de espejos, refleja en uno el esplendor de su naturaleza interior exteriorizada; en el otro, la normalidad de su condición humana que externamente no se distingue de cómo era antes y de los demás seres vivientes”.
La piedra angular de este último dibujo es un inmenso amor del ser humano realizado  hacia los seres humanos que se encaminan por el sendero de la búsqueda. Pero para acercarse a los demás hay que hacerse lo más semejante posible a ellos, sin protecciones, sin ostentaciones de poder, sencillamente uno más entre ellos.
El iluminado tendrá que ayudar ahora a sus hermanos a descubrir las huellas del buey. Pero él será sencilla y humildemente uno más entre los otros, manteniendo bien oculto su último secreto: “Yo estoy siempre inmerso en la felicidad”.
En uno de los textos más sagrados y venerados del zen, el Hokyo Zan Mai, compuesto por el maestro Tozan (806-869) se lee este breve poema que contiene precisamente el secreto del regreso al mercado:

“Si eso está mezclado,
hay felicidad.
Pero no debemos cometer
ningún error.

En realidad, el campesino regresa al mercado portando una perfecta mezcla de fusión: buey, satori, pequeño yo y el mismo cosmos, todo está mezclado, pero con tanta perfección que el mercado es felicidad, como lo es el satori y el pequeño yo que aparece en medio del mundo. En términos cristianos se podría decir así:
“Nadie enciende una lámpara y la pone en un lugar escondido. (...) Si todo tu cuerpo está iluminado (...) todo el resplandecerá como cuando la lámpara te ilumina con su esplendor” (Lc 11, 33-36).
Si la luz penetra y se mezcla perfectamente con todo, todo resplandecerá, como todo resplandece en la mirada iluminad del campesino. La mirada es también “Eso”, lo límpido, y por lo tanto lo que lo penetra todo, hasta el universo. Es como el río de nuestra anterior comparación, pero tan inmenso y transparente, que ahora ya no está encerrado en ninguna orilla, simplemente se convierte en océano, donde todo se disuelve en transparencia y todo brilla: “Yo estoy siempre inmerso en la felicidad”
Él no puede dejar de saber lo que sabe, ni de ser el que es, pero nunca debe manifestarlo con evidencia, para no deslumbrar y correr el riesgo de quedarse solo, sin posibilidad de ayudar a los demás: “Ha sepultado a mucha profundidad su naturaleza luminosa y también se permite desviarse de los venerables senderos de los antiguos maestros”, comenta Chi-yuan.

(Mariano Ballester s.j. & Co.f.m.)








miércoles, 24 de agosto de 2016

1.- ORACIÓN DE PETICIÓN

ACUDIR A DIOS EN LA ANGUSTIA
El sentido de la oración de petición

1.1.- Las quejas y las acusaciones pueden, a veces, estar justificadas. Pero, una vez presentadas, el acusado se encuentra siempre y tal vez inevitablemente en desventaja, justamente porque está acusado y, ya solo por eso, la defensa y la justificación es percibida a menudo por los demás como una secreta confesión de culpa. Si alguien tiene que defenderse, algo no debe estar en orden, pues, de otro modo, no haría falta toda esa defensa –piensan, con demasiada facilidad, los hombres-.
Siendo así que, por desgracia, esta curiosa ley realmente existe, se comprende ya que por este motivo es una tarea difícil asumir la defensa de la oración de petición, dejar hablar a la parte acusadora, tomarla en serio: tomar realmente en serio lo que el hombre atormentado y amargado dice contra la oración de petición, pero, después de todo cargo y descargo, después de toda alegación y réplica, creer y comprender interiormente que tenemos que pedir y no debemos desfallecer.
Eso resulta difícil. En este caso, efectivamente, el acusador es todo el curso del mundo. Todos los corazones amargados y desesperados se han autoerigido en jueces. Y como testigos de cargo se apuntan las naciones unidas de todos los desdichados. ¿Y quién no se siente desdichado si es que puede acusar? Hasta si se quisiera ser estricto en la selección de los testigos de cargo y dejar fuera a los descarados y a los criticones, a los vividores y a los tarambanas, al final, mal que nos pese, todos somos pobres y desdichados y, de ese modo, terminados reunidos todos en el banquillo de los testigos contra la oración de petición. Los acusadores provienen de todas partes: de todos los países, de todos los tiempos, de todas las edades y clases. Y lo que dicen en contra de la oración de petición es una y la misma queja de desesperación, de decepción, de incredulidad airada y cansada. Y dice esa queja (que podría seguir tejiéndose sin nunca acabar): «Hemos rezado, y Dios no nos respondió. Hemos gritado, y él permaneció mudo. Hemos derramado lágrimas que quemaban nuestro corazón: no fuimos admitidos a su presencia. Habríamos podido demostrarle que nuestras pretensiones son modestas, que son realizables, siendo que él es el Omnipotente, podríamos hacerle ver con claridad que el cumplimiento de esas peticiones es en el más propio interés de su gloria en el mundo y de su reino. Si no, ¿cómo podría uno creer todavía que él es el Dios de la justicia y el Padre de la misericordia y el Dios de todo consuelo; que él existe, absolutamente? Más allá de todas las razones a favor y en contra queríamos apelar a su corazón, al corazón que simplemente se apiada y que con generosidad ordena a la justicia y a otras consideraciones darse por satisfechas; habríamos tenido la confianza que mueve montañas (si sólo ésta hubiese faltado); le habríamos mostrado por qué tenemos sobrados motivos para estar desesperados sobre su silencio, habríamos tenido un sinfín de documentación: la desoída oración por los bebés que murieron de hambre, la desatendida queja por los pequeños que se ahogaron a causa de la difteria; el lamento de las niñas deshonradas, de los niños golpeados hasta morir, de los esclavos explotados en el trabajo, de las mujeres engañadas, de los que se han quebrado por la injusticia, de los “liquidados”, de los lisiados, de los que fueron privados de su honor, junto con nuestro desvalimiento exterior le habríamos mostrado nuestros tormentos interiores, que no conmueven a Dios, los tormentos que brotan de las antiguas preguntas que aguardan respuestas desde Adán: ¿Por qué el malvado tiene éxito y el justo es el idiota? ¿Por qué los mismos rayos caen sobre buenos y pecadores? ¿Por qué pecan los padres y expían los hijos? ¿Por qué las mentiras tienen patas tan largas? ¿Por qué prosperan tan bien los bienes injustos? ¿Por qué la historia del mundo es un único torrente de estupidez, vileza y brutalidad? Y después de todas estas preguntas lo habríamos conjurado diciéndole: por tu honor, por tu gloria, por tu nombre en este mundo (nombre por el que, a fin de cuentas, tienes que responder tú), cuida de que, en este mundo desolador, podamos encontrar un poco más claramente tus huellas: las huellas de tu sabiduría, de tu justicia y tu bondad.

(Karl Rahner, SJ) 1.

2.- ORACIÓN DE PETICIÓN

ACUDIR A DIOS EN LA ANGUSTIA
El sentido de la oración de petición

1.2.- Pero, por favor –habríamos dicho después-, queremos experimentar tu ayuda de tal modo que no puede decirse que semejante auxilio es inevitable aunque no haya Dios, que no pueda decirse que tantos aciertos los alcanza indefectiblemente cualquiera en la lotería de la vida, haya rezado o no; es decir, que no pueda decirse que no hace falta atribuir al poder de la oración un par de casuales aciertos felices. Nos habríamos remitido a su Hijo, que sabe cómo nos sentimos de ánimo y de cuerpo, puesto que compartió nuestra vida. Todo eso podíamos hacerlo. Todo eso lo habríamos hecho y, en realidad, lo hemos hecho. Sí, “hemos” rezado. Hemos “rezado”. Hemos suplicado, hemos lanzado hacia el cielo palabras ardientes, de conjura. De nada sirvió. Simplemente hemos llorado como niños que saben que, al final, el guardia lleva a los extraviados de regreso a casa. Pero nadie vino a enjugarnos las lágrimas de los ojos ni a consolarnos, a nosotros. Hemos rezado. Pero no fuimos escuchados. Hemos llamado. Pero no llegó respuesta alguna. Hemos gritado, pero todo permaneció tan mudo que, al final, nos habríamos sentido ridículos con nuestro griterío si no hubiese estallado justamente a fuerza de angustia y desesperación».
Así se acusa a la oración de petición. Pero cuando después se procede a presentar la acusación, la querella contra la oración de petición, los representantes de la parte querellante no se ponen de acuerdo. La mayoría extrae de la acusación la brutal conclusión de que rezar no tiene objeto alguno: el Dios que pudiese escuchar una oración de petición no existe, no existe en absoluto o habita en un fulgor tan terrible que el grito de angustia no penetra hasta el oído de su corazón, sino que deja que su creación recorra el sangriento camino de su historia hasta su propia gloria, sin preocuparse de la miseria del mundo, a semejanza del modo en que, sin conmoverse, los grandes de esta tierra libran guerras calamitosas sólo para entrar en la historia con alguna acción puntual. Y si, alguna vez, por unos instantes las cosas parecen andar un poco más placenteramente en el mundo, y la vida aquí abajo le parece a uno realmente muy soportable (¡con tal de que las cosas siguiesen siempre tan bien y con tanto adelanto!), se acude enseguida a hondísimas consideraciones metafísicas que hasta pretenden prohibirle a Dios intervenir de forma demasiado palpable en el curso de la historia del mundo: « ¡Oh!, realmente no es nada decoroso que el Dios excelso se inmiscuya de nuevo en las nimiedades de este mundo. Ciertamente, él tiene que haber construido desde el comienzo el reloj universal de tal modo que continúe andando de forma muy precisa y correcta y, en lo posible, por tiempo indefinido, sin que en su marcha deba notarse todavía algo de él mismo; el mundo ha de tener tan sublime sentido, recorrer su trayectoria y en sí mismo que nadie debe darle impulso desde fuera; una oración de petición dirigida a Dios es infantil: se está pensando a Dios demasiado pequeño y considerándose a sí mismo demasiado importante». Así y de forma semejante se arguye con suficiencia (y es que uno puede darse el lujo, ya que todavía no le va a uno especialmente mal) y se pasa sin oración de petición (pero no sin sueldo, sin médico y sin policía). Después, cuando a uno le va de nuevo insoportablemente mal, uno se enfurece por no ser escuchado de inmediato (si cabe, incluso antes de haber comenzado a pedir) y, por ese motivo, una vez más se declara superflua la oración de petición.

(Karl Rahner, SJ) 2.

3.- ORACIÓN DE PETICIÓN

ACUDIR A DIOS EN LA ANGUSTIA
El sentido de la oración de petición

1.3.- La minoría de la parte querellante es de otra opinión. Quiere permitir la oración de petición. Pero sólo se ha de pedir por los bienes superiores del alma: no ya por el pan de cada día, no ya por la salud del cuerpo y una larga vida, no contra el rayo y la tormenta. Ya no se ha de rezar porque se evite la peste, el hambre, la penuria y tiempos de tristeza y miseria, sino sólo por la pureza del corazón, por la paciencia y disposición al sufrimiento, por la propia entrega a la voluntad de Dios. La usual oración de petición, se afirma, es sólo la formulación infantil de la declaración de disponibilidad para entregarse de forma incondicional a la inescrutable voluntad de Dios; no se pide a Dios que evite males, sino la fuerza para sobrellevarlos; dejando aparte un par de milagros, con los que no se ha de contar, las oraciones sólo son escuchadas en la interioridad del corazón, no en la dura realidad palmaria de este mundo, que sigue su inexorable curso en la naturaleza y la historia, pasando con indiferente objetividad también por encima de los corazones sangrantes.
Éstas son, en líneas generales, las demandas más importantes contra la oración de petición. Según la primera, el hombre en realidad se queda definitivamente solo en la tierra y se prohíbe a sí mismo la esperanza en la ayuda del cielo en este mundo; según la segunda, el hombre abandona desde un principio y sin lucha la tierra y escapa al cielo.
Así se acusa a la oración de petición. Y el verdadero acusado en ella es, naturalmente, Dios mismo. Pero él calla. Deja tranquilamente que se formulen quejas y acusaciones. Él calla. Calla obstinadamente. Calla a lo largo de los milenios. Mandó decir que sólo hablará cuando venga a juzgar. Y que, por eso, la acusación contra la oración de petición, la acusación proveniente del corazón quebrantado, del entendimiento cavilante, la acusación con la que cínicos o poetas petulantes demuestran su agudeza o su secreta impiedad, puede seguir articulándose.
Pero, aun así, nosotros queremos orar y pedir. Porque sentimos, ciertamente, el tormento y las tribulaciones de las quejas contra la oración de petición, pero en nosotros vive también la fuerza invencible de la fe, que espera contra toda esperanza y sigue orando contra toda aparente decepción. Pues así se nos ha encomendado: cuando oréis, decid: Padre nuestro… danos hoy nuestro pan de cada día. Y por eso no queremos que se nos dé la razón al pleitear contra Dios, sino que quisiéramos encontrar el oído de la misericordia de Dios. No queremos resolver los misterios de la vida, entre los cuales se encuentra también  la oración de petición, sino aprender la oración de petición. No queremos ser aún más sutiles que la acusación contra la oración de petición. Pues no queremos examinar la cuerda de la que pendemos sobre el abismo de la nada, sino agarrarnos a ella, para no caer en el abismo de la desesperación. Sólo queremos tener tanta luz y tanta fuerza como para continuar orando, para que el corazón no desespere y la boca no comience a maldecir, continuar orando hasta que… sí, hasta que Dios hable y la suya sea la palabra de la misericordia y del consuelo eterno.

(Karl Rahner, SJ) 3.